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LA OBRA DE NOE JITRIK EN EL CONTEXTO CULTURAL Y POLITICO ARGENTINO Y LATINOAMERICANO
LA OBRA DE NOE JITRIK EN EL CONTEXTO CULTURAL Y POLITICO ARGENTINO Y LATINOAMERICANO
LA OBRA DE NOE JITRIK EN EL CONTEXTO CULTURAL Y POLITICO ARGENTINO Y LATINOAMERICANO Mario Goloboff Se sabe lo difícil que es encontrar el título para un acontecimiento de esta índole, y cuánto él representa para quien lo busca. En la oportunidad, en la que se trata de redondear y transmitir impresiones, experiencias y vivencias de más de treinta años de conocimiento, de lecturas, de conversación, de aprendizaje, resulta todavía más dificultoso. Peor aún, cuando uno descubre que los mejores títulos que se le ocurren, y que serían muy convenientes para la circunstancia, han sido ya utilizados por la misma persona de quien vamos a hablar. Así por ejemplo, parecerían muy aptos para lo que me gustaría decir títulos tales como “Noé Jitrik: Una obra de experiencia y riesgo” o “Noé Jitrik y la vibración del presente”. No menos intenso y representativo me habría parecido “El fuego de la especie” o, el más ocurrente para mi caso, pero que ya me arrebatara sin prudencia Noé, un siglo después de quitárnoslo a los dos el Martín Fierro, al titular, en 1981, “En una ocasión tan ruda” su agradecimiento por la entrega del Premio Villaurrutia. Tal vez ello no venga sino a convalidar una de las mayores enseñanzas de la literatura, la del saber común, la de que hay una secreta y subterránea unidad en la cultura, y a llevarme a tomar como una gentil sugerencia la contenida en la carta de Raymundo Mier al tener la amabilidad de invitarme a hablar sobre “la relevancia de la obra de Noé en el contexto cultural y político argentino y,eventuamente,latinoamericano”. Claro que no sólo por esa virtud anticipatoria en materia de títulos el caso de Noé Jitrik es singular: sus señalamientos éticos, ideológicos y políticos se producen desde un campo muy acotado, levemente subestimado en la sociedad y poco influyente, pero que es un campo que él no se resigna a abandonar; antes bien, refuerza una y otra vez su instalación en el mismo y los argumentos para que ese espacio se consolide y jerarquice. Permanentemente, apunta hacia los contextos políticos y sociales, pero lo hace siempre desde la literatura, desde la mirada de un quehacer cultural con leyes y avatares propios. De ahí que su pensar, a lo largo de los años, se constituya, principal aunque no exclusivamente, alrededor de un eje fundamental, la crítica a la ideología burguesa de la literatura, crítica que se sostiene en pilares precisos: el de la escritura como práctica transformadora, el de la lectura como actividad, el de la crítica como trabajo. En su reflexión, escribir es algo más que el fruto de una inspirada imaginación; sin dejar de ser eso tan envidiable como impreciso, y muchas cosas más, escribir supone una tarea que modifica ideas, imágenes, lecturas y, sobre todo, lo que recibimos de la lengua. Tarea que se ejerce desde el más remoto origen, desde lo previo a la consignación, y de ahí su esfuerzo por historiar lo previo del acto de escribir (entre otros en un trabajo titulado “Del orden de la escritura”, hasta el intento de ceñir, en toda su obra, las incalculables dimensiones y consecuencias de lo verbal.1 Y leer es, consecuentemente, “algo más que un mero enfrentamiento organizado de una mirada con algo escrito”, es el acto que constituye “la puerta de entrada de determinantes reales que son los que en verdad van generando las modificaciones que culminan en una modificación textual”.2 Ya que, para él, “la literatura no sólo es un tipo de producción discursiva con un fuertísimo ingrediente individual sino también una realidad social en cuanto a su circulación, o sea a su aspecto de lectura que es, como seguramente ya está aceptado, el punto por donde la literatura tiene consecuencias y, por lo tanto, el punto por donde la política es fuertemente determinante”(3).3 Tan política, podríamos agregar, que las dictaduras “ejercen un control sobre la lectura, como si ya hubieran incluido en su estrategia de poder que la lectura, aun la más íntima, es el punto por el que la literatura se hace política, no literatura política sino política propiamente dicha, multiplicada, polifurcada, en tanto que se ponen en movimiento resortes productivos incontrolables...” (id. p. 310). Tan altamente política que “allí donde la política no atinó a encontrar una palabra ordenadora que condujera a lo que algunos llaman “liberación”, otros “revolución” y todos, de una u otra manera “cambio”, una reflexión no conservadora ni reivindicativa, una reflexión crítica sobre la literatura puede, tal vez, recuperar un sentido, reconocer conexiones, definir con algún futuro su propia parcela con el fin de contribuir a que reconocimientos mejores se produzcan en otras parcelas de la producción social”.4 Es decir, escribir y leer son concebidas como actividades que participan estructuralmente de lo humano, no como aditamentos espirituales que, aún entre materialistas ortodoxos, suelen destinarse a la decoración. Y luego, o conjuntamente, la crítica es entendida como un trabajo que se abre a, se justifica por, se agrega a, y enriquece a los otros trabajos humanos. Dicho más fielmente por el propio Noé al hablar de la función de la crítica: (ella debe) “...ser eficaz en la lectura pero además alimentar el fuego de la especie; su lectura específica debe a cada instante recordar el origen del gesto humano sobre el que toda organización reposa para que otros gestos humanos se sigan nutriendo del poder de la palabra...”.5 Desde un punto de vista así, la materialidad del acto de escribir, que se completa ínsitamente con la del acto de leer, está en la raíz de la especie pensante, actuante y, por lo tanto, transformante. Partiendo de esa óptica se construye el concepto de lo progresista e inclusive de lo revolucionario, no sólo en literatura sino en política, con la actuación en la especificidad, desde donde las transformaciones de lo material se extienden hacia otros campos, por actuar consciente, eficazmente, en el más íntimo, en el propio. Rememorando uno de los tantos momentos aciagos de la política argentina, escribía: “La literatura no es más que uno de los canales por los que circula, con su poder y su turbulencia, la vida social, de modo que defender en ese campo una posibilidad, la permanencia de un espíritu inquisitivo, era reclamar su perduración en los otros canales, para el conjunto”.6 Es evidente que esta concepción no ha sido el fruto de un momento o de un impulso. Ella se fue elaborando a lo largo de los años. Pero puede observarse que existieron, desde el principio, algunas constantes: el rechazo a lo dado, al lugar común, la búsqueda de algún recodo nuevo, de un detrás, no demasiado explorado ni querido por la tradición, aún la de izquierda. La crítica que ya venía haciendo desde la época, por tantas razones inicial, de Contorno (“cierta rebeldía o disconformismo respecto de nuestros /.../ (que) tendía menos a una destrucción /.../ que a una exigencia de actualidad, de profundidad, de remozamiento, de idoneidad en suma”7 (7), esa crítica fue dirigiéndose también contra los portavoces nacionales del realismo socialista (en “El escritor argentino y sus sombras”, a propósito del Congreso de la Sociedad Argentina de Escritores de 1964, y en otros artículos), y halla un punto importante de inflexión al analizar la mesa redonda de Clarté sobre el poder de la literatura, mesa a la que reconoce numerosas virtudes, salvo la de responder a esa pregunta abarcadora y, a todas luces, fundamental ¿ cuál es, justamente, el poder de la literatura?.8 En dicha reunión, realizada en París en 1965, y en la que participaron Simone de Beauvoir, Yves Berger, Yves Buin, Jean Pierre Faye, Jean Ricardou, Jean-Paul Sartre y Jorge Semprún, y que Noé prologa en la edición argentina titulada ¿Para qué sirve la literatura?9 señalaba temprana y fuertemente (acaso los adverbios sean asimilables) esa carencia: “ningún avance sobre lo implícito en la caracterización del hecho literario, que es básicamente un hecho-puente entre dos conciencias, que las reúne y permite que en ese plano se produzca el estallido”.10 Anunciaba ya una propuesta que con el tiempo iría afinándose: la idea de la escritura lazo, de la escritura como vínculo social establecido a través de una actividad común, como “puente”, que se continuará, se profundizará y se irá ampliando hasta abarcar todos los actos literarios: “Se instaurará de este modo un circuito que justifica, por sí solo, el renovado poder que la literatura nunca ha perdido, todo el poder del trabajo, toda la potencia que puede despertar en cada cual la potencia de la escritura que se tiende desde el mundo hacia el mundo”.11 Asumir así la literatura implicaba considerarla desde la raíz, y colocar su carga ideológica en el significante y su inscripción, en el trabajo de transformación del lenguaje, y no en supuestos contenidos, leídos a través de bellas formas, que proclamarían las buenas intenciones humanas, sociales o políticas de un atento y generoso creador. Ese transcurso, observado desde un virginal presente, puede parecer casi anodino, tanto como considerar ciertas tomas de posición poco menos que obligadas u obvias para una óptica actual. Pero hay que recordar que, por la época, frente a la crítica impresionista del arte y de la literatura, frente al comentario gentil del periodismo o a la glosa de la cátedra, imperaba la llamada aplicación del marxismo en el campo de la cultura, y que esa colonización imponía o bien la aceptación acrítica de las consignas al uso o bien el aislamiento y la condena. Que ser y quererse un hombre de izquierda, o como mínimo un humanista, suponía, por esos años, adherir a las estrategias realistas y a los modos de representación realista cuando no al más chato zdanovismo, y que apoyarse en ciertos razonamientos de Freud, o, más aquí, de Barthes o de Derrida, de Foucault o de Lacan, implicaba colocarse en lugares peligrosamente heterodoxos. Es necesario, pues, resituar la experiencia para entender el tipo de conflictos y las dificultades que la teoría y el pensamiento, y hasta la más modesta posición política o gremial independientes, debían enfrentar, y para comprender en todas sus dimensiones el papel que, oscurecidos y tapados y desalojados del calor oficial de la derecha y de la izquierda, jugaron durante todo el período de la llamada “guerra fría” intelectuales como Norberto Bobbio, Ernst Fisher, Karel Kosik, Fernando Claudín, Jorge Semprún, sin duda Sartre y Barthes y algunos otros en Europa, y, en nuestro ámbito latinoamericano (tan duro e impenetrable que hasta Mariátegui y sus textos habían sido acallados), intelectuales como Angel Rama y Noé Jitrik. No era, en ese marco, fácil ni oportuno sostener, en 1966, que la literatura no necesita afirmarse ni justificarse en contenidos exteriores a ella, “que la literatura contiene en sí misma una fuerza, que desde el fondo de su especificidad sin más gravita en el cambio y aún lo fundamenta” o que (con tanta actualidad aún para los días y las confusiones y los clichés que corren) “lo revolucionario de un escritor consiste en la iluminación crítica que del mundo hace mediante la palabra y no en el sistema de declaraciones que inventa para protegerse del aislamiento o de la falta de esperanzas en la revolución” (id., p. 21).12 Esta perspectiva se enlazaba lógicamente con la que ya había delineado en 1963 en un artículo para la revista Pasado y Presente, donde para describir al escritor reaccionario evitaba el catálogo de opiniones o de actitudes o de temas, y paraba mientes en el ejercicio de su actividad: “escritor reaccionario es aquél que me excluye, es decir, que me aísla en mi situación o, peor todavía, en mi condición; me quedo solo y un poco como apestado o intocable al leer sus obras porque él no deja en ningún momento de estar en lo suyo sin tender ningún puente, salvo el que yo decline de mis exigencias para plegarme dócilmente a las suyas...”. Y más adelante: “...los valores que maneja me son enrostrados desde lo alto, como un conjuro que emite la jerarquía y que tiende a hacerme advertir enconadamente mi marginalidad, que tiende a inmovilizarme en la respetuosa admisión”. Y, tal vez lo más importante como caracterización literaria: “... procede a partir de un conjunto de creencias previas sobre la realidad, firmemente arraigadas, inmóviles, rechazando la posibilidad de experimentarlas, el riesgo de tener que cambiarlas...” (propósitos claramente aplicables a cualquier escritor reaccionario, cualesquiera sean sus opiniones sobre la política y aún sobre su propia posición política...).13 Estas primeras diferenciaciones le permitieron ir elaborando con mayor cuidado ciertas ideas que luego de sus cursos en aulas universitarias francesas, y de su contacto directo con el pensamiento europeo, terminarían delineadas en Producción literaria y producción social, (1975), en La memoria compartida (1982), en La vibración del presente (1987). Y que son los elementos fundamentales que integran el concepto de “Trabajo crítico”, el que luego confluirá con los de “Ensayo” y “Discurso”. Todo aquello que nosotros, hacia los sesenta y principios de los setenta, recibíamos más o menos mezclado, degustado y fragmentado, de un Lúkacs o de un Goldmann, fue adquiriendo en sus manos formas concretas, y ligándose a su propia experiencia de la literatura latinoamericana y argentina. A ello ayudaron otras lecturas, Blanchot y Bachelard en particular, y Barthes, y luego Derrida. Lecturas desde las que cuestionaba lo sociológico e introducía lo lingüístico y lo filosófico, hasta que, a su regreso de Europa, en 1970, va tomando cuerpo la idea de “trabajo crítico”, al que caracterizará como implicando “reconocer el trabajo que los textos proponen y hacer un trabajo sobre esa propuesta, salir del campo del comentario, la glosa y el servilismo seguidista, y empezar a indagar en una nueva esfera”.14 Estas primeras aproximaciones se irán conformando posteriormente en la intención “de fundar una teoría que liberándose del pueda discernir las relaciones que se establecen entre modos de producción de una sociedad y modo de producción de un texto” (porque) “no puede pensarse que la producción de un texto queda fuera del circuito productivo global”. Y en el convencimiento de que “sólo por esta red de relaciones ideológicamente transformadas, el trabajo crítico, esto es el trabajo tendiente a producir un conocimiento respecto de un sector determinado del trabajo humano, podrá recuperar una dimensión histórica y social y podrá llegar a tener una función en la medida en que se hará productivo, no más el acompañante privilegiado de una situada fuera del proceso de producción económica”.15 Será a partir de los trabajos reunidos en La vibración del presente que otros aspectos irán incorporándose a su reflexión, especialmente los que tienen que ver con un nuevo concepto de “ensayo” y con los relacionados con la teoría del discurso. Como explicaba en la nota de “Presentación” del libro: “Esta conjugación canaliza un deseo de borrar las fronteras tradicionales entre literatura y crítica, en la medida en que permite un ejercicio más amplio de una escritura y, por añadidura, el trabajo crítico y muestra de manera menos secreta las relaciones de una obra con una significación amplia sin dejar entrar, sin embargo, determinismos o causalismos reductores y mecanicistas”.16 Interesante es constatar que ese primer concepto, y como él mismo lo percibe, contribuye a enraizarlo aún más en la vasta tradición latinoamericana del ensayo, la que arranca en los tiempos del romanticismo, y llega hasta Angel Rama y Octavio Paz, pasando obligadamente por Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Luis Cardoza y Aragón y Ezequiel Martínez Estrada. Tradición caracterizada, en líneas generales, por proceder, más que por comprobación o por deducción, por metáfora, vinculando ideas aparentemente distantes entre sí, y describiendo sus relaciones íntimas, las que sólo parecen cobrar vivencia concreta una vez convocadas por la escritura. Llegando, de algún modo, a revelar una realidad que, al sernos mostrada, resulta más esencial, más profunda, más real en síntesis que la realidad que concíamos. Yo creo que es en esa ascendencia que va engarzada muchas veces la prosa de Noé, a la cual preocupan menos la transparencia y la armonía y la comodidad de los significados que ese vibrar por ondas envolventes, esa profusión, esa proliferación, ese agolpamiento y redescubrimiento del significante. Luego, así como la incorporación de la idea de trabajo tiende a atenuar las diferencias entre distintos comportamientos textuales, incluyéndolos a todos en una trama dentro de la cual lo que importa es la elaboración y la transformación verbal y textual y ya no la vieja diferencia en “géneros”, así también la idea de “discurso” supone, en su pensamiento, una familiaridad, un entrelazamiento, una cohabitación entre las prácticas, dado que “sólo por abstracción podría separarse lo que entendemos como producción de la significación de la producción textual misma; se trata de un solo proceso discursivo, reconocible en su peculiaridad y, de hecho, diferenciado de otros procesos discursivos que, aunque también produzcan significación, básicamente reproducen ”.17 Fundamentándose en el hecho de que “los lenguajes no son solamente códigos o instrumentos al servicio del conocimiento /.../ sino también regiones de producción”,18 y en que, modernamente, el de discurso “es un concepto de una práctica, en el que lo lingüístico es un soporte imprescindible, proveniente de un juego de fuerzas no lingüístico, y que tiene efectos tanto lingüísticos como no lingüísticos” (id., p. 48)”, dirá que “no sólo existe una discursividad latinoamericana, literaria, sino también un modo de acercamiento a ella, coherentes una con la otra, motivándose recíprocamente y articulándose en una figura superior cuyos rasgos serían la legitimidad de una producción y la legitimidad de una teoría”.19 Una vez más, prima en su reflexión la voluntad de legalizar el espíritu crítico “y el poder de la crítica en una sociedad”, incluyendo a la crítica literaria junto al discurso de las otras ciencias pues “lo que como fenómeno significante para la sociedad me interesa es –precisamente- el discurso de todos los sectores que la componen”.20 Así, este concepto de discurso le parece útil “porque permite abarcar y relacionar más fenómenos y entender más interacciones /.../ en la posibilidad de encontrar las zonas de pasaje que se dan con distintas densidades, ineluctablemente, porque la sociedad no puede ser considerada como un sistema de separaciones” (id.). Estrechamente ligado a estas preocupaciones va el que él mismo ha señalado como otro de los temas centrales de nuestra cultura, el conflicto, el “tironeo”, entre el pensamiento y la acción. Vieja inquietud que viene desde sus densos análisis de la obra de Sarmiento, que se especifica en el trabajo sobre Ficciones de Borges y que, poco tiempo antes de su retorno a la Argentina desde el exilio mexicano, se precisa y actualiza. Puesto que en las últimas épocas, por efectos de la ilusión política, ha sido común ( quizás demasiado ligero y común ) hablar de la defección del intelectual frente al accionar de la realidad pura, por no decir bruta, mientras que, si algún déficit ha habido en esos desdichados tiempos, él se situaría no del lado de un exceso de reflexión, de una soberanía del pensamiento, sino, desgraciadamente, de una fascinación por la acción, de un desprecio por la teoría y el análisis, de una subestimación, en suma, de toda la tradición de pensamiento argentino y latinoamericano, tan diversa, tan rica, tan necesaria. Algo que en su momento supo señalar Noé cuando fustigó, no sin bastante ironía, a nuestros intelectuales populistas “que suponen y afirman que la teoría es manifestación de colonialismo mental y que lo que corresponde es la expresión en sí, pura esencia práctica de un pueblo que no necesita de pensamiento porque es todo corazón”.21 Promoviendo la discusión acerca de este asunto, había escrito en el trabajo sobre Ficciones: “...los tironeos entre pensamiento y acción son tradicionales en la literatura argentina desde sus comienzos. El pensamiento no es sentido como actuante y sin embargo se debe recurrir a él y la acción no es concebida como reflexiva. Históricamente, el planteo aparece ligado al nacimiento del espíritu liberal y reposa en la idea de modelos que deslumbran y aplastan por su prestigio. Es eso lo colonial, lo subdesarrollado. De ahí surge la condena, en el plano racional, por lo inmediato y la exaltación por un universo de “valores”. Ambos aspectos son complementarios y correlativos pero también insinúan una paradoja: más grandes son los esfuerzos para condenar lo real más exaltado es el pensamiento, es decir que el instrumento se desborda para condenar algo que sabe que lo está superando; ese algo es una fuerza, a la que se debe reprimir, y ocupa un espacio demasiado grande en esos hombres que se están descubriendo como seres históricos, esa fuerza los fascina; en el fondo, desde Echeverría a Borges, estiman más la acción que denigran que el pensamiento que los ayuda a denigrarla”.22 Extendiendo el conflicto hasta el tiempo más actual y también hacia el espacio latinoamericano, decía: “No estoy seguro de que sea una peculiaridad argentina. Creo que ocurre en otros países de América latina, por ejemplo. A lo mejor ocurre porque no está clara la relación entre esos dos paradigmas, el paradigma del pensamiento y el de la acción. Ha habido ciertamente, una subestimación del pensamiento desde el paradigma de la acción./.../ Lo grave realmente es que, desde el pensamiento, se haya sentido en la Argentina que el pensamiento no era acción, que el propio pensamiento argentino se minara, se cortara los pies en una especie de relación humillada respecto de la acción”.23 Paralelamente, tal vez no cronológica ni vivencialmente, pero sí racional y (si la palabra no pareciera corporativa) profesionalmente, y a partir del respeto de la especialidad, se fue elaborando una actitud personal comprometida, que se inserta con rasgos propios en el conjunto del llamado compromiso de los intelectuales. Compromiso que, si aceptásemos las facilidades en boga, limitaríamos a una militancia personal, física, en iniciativas políticas diversas, ya en defensa de libertades agredidas por regímenes antipopulares, ya en acciones encaminadas a desenmascararlos, perjudicarlos y hasta reemplazarlos por lo que alguna vez podría llegar a ser una sociedad diferente. De las innumerables intervenciones de Noé en tal sentido, querría destacar al menos dos que, por su importancia y significación, lo merecen y representan bien al resto. Me refiero a sus posiciones latinoamericanistas y en defensa crítica de la revolución cubana, desde sus inicios hasta hoy, y a su eminente participación en la recepción, orientación, ubicación, adaptación y representación de miles de exiliados que llegaron a México como consecuencia de la persecución de la última dictadura militar argentina. Con relación a lo primero, la Revolución cubana, que constituyó desde el principio un divisor de aguas en toda América latina entre los partidarios del statu quo y aquéllos que, por los más diversos caminos, sugerían cambios en sus respectivas sociedades, su defensa y solidaridad críticas fueron inmediatas y sostenidas, interviniendo en múltiples actividades culturales que la tenían como eje, tanto dentro como fuera de la isla. Adhesión que, como lo vengo insinuando, en ningún momento fue dogmática sino en función de la cercanía o del alejamiento que la Revolución practicaba de lo que se entendía como nuevo, distinto, constructivo. Prueba de ello fue, entre otras, su presencia en el debate que animamos hacia fines de 1971 en la revista Nuevos Aires, en ocasión del sonado “caso Padilla”, y que tituláramos “Intelectuales y revolución ¿conciencia crítica o conciencia culpable?”. Intervinieron allí, junto a Noé, Marcos Kaplán, Oscar Landi, Mauricio Meinares, Ricardo Piglia, Juan Carlos Portantiero, León Rozitchner y José Vazeilles. Consecuente con enunciados anteriores, Noé planteaba entonces: “¿En qué sentido, sin perder la especificidad, los productos de un intelectual pueden ser revolucionarios y pueden confluir en un proceso global de revolución que se está operando en un determinado período en la historia de un país ?”,24 y orientaba el debate teniendo en miras la defensa de esa especificidad ya que, como sostenía discutiendo por ejemplo el papel que jugaba Vargas Llosa en el seno de los firmantes de la carta dirigida a Fidel por los intelectuales de París, es en “esos objetos específicos donde –quizá con más interés y con más profundidad que en el campo de las declaraciones- se puede discernir lo más importante de la relación del intelectual con una ideología; lo otro, en cambio, se inscribe en una polémica que va y viene, sujeta a circunstancias a veces un poco transitorias que en el fondo no tienen demasiada importancia. Lo que sí tiene importancia es lo que el intelectual está haciendo en su campo específico, la relación que está estableciendo con el sistema de producción y la comprensión que tiene de dicha relación que se da entre los elementos de base y el sistema de producción, pero en el seno del objeto concreto que está produciendo”.25 Todo ello sin dejar de advertir que “en el momento en que las especificidades que antes coincidían en un plano revolucionario, empiezan a ser destacadas y jerarquizadas, se produce un cambio de sentido en la relación del intelectual y el Partido. A partir de ahí, comienza a ser considerado como alguien que tiene que servir a otra cosa, ya sea a una línea política justa, ya sea a una línea política no muy justa, en todo caso que tiene que adecuarse a otra cosa, en la cual antes, por un impulso inherente a su propia especificidad, confluía muy naturalmente; ahora, en cambio, está constreñido a cumplir un determinado papel”.26 Para terminar señalando (y volviéndonos los pies sobre tierras latinoamericanas) que “Martí era un intelectual y era un revolucionario, es decir, jugó toda su existencia a la revolución, y su vida y su muerte. Pero, además, la forma que tenía de expresar la revolución permitió en cierto modo una realización de tipo puramente intelectual que para muchos ha podido ser escindida y tomada como exclusivamente intelectual /.../ Sin embargo, entre su modernismo como estilo y su praxis revolucionaria que lleva hasta la muerte hay una unidad reconocida por él, que me parece ejemplar en América Latina, y que consiste en no separar una cosa de la otra./.../ Martí, me parece, resolvió un problema que yo no sé si nosotros en la actualidad estamos resolviendo y es la posibilidad de que la línea -que podemos llamar de pensamiento- no sea algo opuesto a la línea que podemos llamar de acción. Y que la línea de pensamiento pueda llegar a convertirse en acción en sí mismo. Pensamiento activo, por decir así”.27 Hay, como se ve, algunas reiteraciones básicas que conforman toda una concepción sobre el papel del intelecto, de la cultura y de la literatura en una sociedad. Y dicho sea de paso, o quizás no tanto, cabe recordar aquí su idea de lo latinoamericano, y del repetido y siempre postergado y siempre sostenido deseo de unidad, en el que también la literatura podría dar su aporte, si lograra colocarse la cuestión fundamental en el centro: “se debería preconizar ante todo una integración en torno al concepto de literatura misma, que ya no puede pasar por una simple exaltación de sus cualidades o virtudes, sino que debe desarrollarse en torno a una articulación que exige, ante todo, que se reubique epistemológicamente, como actividad no puramente simbólica de otras metafísicas o sociales, sino como actividad material concreta para, desde ahí, lograr su integración o sea su realidad”.28 En cuanto a la segunda de las actividades que quería señalar, y que algo rápidamente, podría llamar “políticas”, cabe decir que, después de haber sido profesor titular de Literatura Iberoamericana en la Universidad de Buenos Aires en 1973, y de haber impartido la materia durante el curso de verano de 1974 con una inscripción excepcional, debió salir de Argentina y refugiarse en México, el país que con tanta generosidad abrió sus puertas al exilio de los acosados por las dictaduras del Cono Sur. Desde su llegada, fue uno de los fundadores, animadores y organizadores del CAS (Comité Argentino de Solidaridad), su Secretario entre 1977 y 1983, y quien durante todo ese período presentó una de las caras más visibles del mismo hasta su disolución, teniendo la responsabilidad además de dirigir las palabras de agradecimiento en nombre de la institución al Gobierno de México y al Presidente Lamadrid. Fue, en resumen, uno de los mayores responsables de que, en tiempos tan difíciles, nuestro exilio fuera digno y constructivo, y ello mediante una actividad, como se dice, sin desmayos. La universidad, lo que de algún modo está sobreentendido, fue siempre uno de los ámbitos naturales, y también destinataria, de su elaboración. Desde que se inició en ella, desde que terminados sus estudios viajó por primera vez a Europa, desde que, al regreso, accedió a las cátedras en Córdoba y en Buenos Aires, y fue violentamente expulsado de las mismas por los bastonazos del golpe militar de mayo del 66, siendo entonces recibido en la universidades francesas, volviendo luego a la Argentina, de donde sería nuevamente expulsado por la dictadura militar y recibido en las mexicanas, para finalmente (todos deseamos que finalmente) ocupar el lugar que hoy ocupa en la universidad argentina. La circulación de los saberes dentro de la vida universitaria también significó algo distinto para su reflexión y su interés. Ellos no se redujeron a la concepción de un intercambio elitista sino a la formulación de un papel, de una función que la institución está llamada a jugar en nuestras sociedades. La universidad “que conocimos, escribió en 1975, pretendía, en los últimos veinte años, elevar el nivel científico, politizar la ciencia, contribuir a la liberación nacional, hallar las claves de una cultura propia; no lo pretendía sin contradicciones ni retrocesos, pero todos esos objetivos podían caracterizarla, ya sea por medio de medidas concretas, administrativas, de conducción, ya sea por requerimientos estudiantiles; a pesar de sacrificios y errores, de sus edificios salieron no sólo productos científicos sino también políticos, una onda expansiva que, hacia 1966, amenazaba ya con modificar ciertas estructuras mentales, ciertas ideas tan equívocas como perniciosas sobre el papel que correspondía al pensamiento en un país que había hecho del empirismo un dogma...”.29 Es por eso que, repasando las diversas intervenciones militares a las universidades latinoamericanas en los 70’, observaba que ninguna de ellas “se produjo nunca en circunstancias en que las universidades se limitaban a una rutina académica o a la creación de estructuras de servicio para el poder o para los sectores sociales representados en el poder; sólo tuvieron lugar cuando las universidades se estaban proponiendo algunos cambios en su práctica: un desarrollo ideológico tendiente a la independencia de la producción científica o humanística, una voluntad de intervención, con mayor o menor fundamentación, en la vida entera de la sociedad, una autorización a pensarse, en sus distintos niveles y estratos, como lugar de producción política. En suma, cuando las universidades se plantearon activamente, expresamente, las relaciones entre cultura y política”.30 Su trabajo tuvo como objetivo, en consecuencia, la defensa de esa posibilidad, posibilidad que en el caso argentino tiene sus orígenes en el tan latinoamericanista movimiento de la Reforma universitaria de 1918, por lo que aquélla rebasa entonces el marco del rechazo a una ocupación, a la censura o al cierre: lo es también a la distorsión de lo que llamaríamos su verdadera misión en nuestras sociedades dependientes, la de ayudar a crear las condiciones para forjar “una cultura que se supone capaz de darse una identidad productiva, de ser un modo de la conciencia de un país que, se supone también, no renuncia a vivir en un ámbito de respeto a los derechos humanos pero también realizándose en ellos y a través de ellos”.31 En todos estos campos y en muchos otros se expresaron sus contribuciones, pero, como tal vez no podía ser de otra manera, la crítica de los sistemas y aún de la circunstancia política, no por casualidad tendría que ver con la literatura, ya que halló su ápice, su punto de concentración, en el enfrentamiento con un núcleo emblemático representado por quien, a partir del vaciamiento cultural, ocupaba (era llevado a ocupar) todo el campo, al extremo de que parecía ser casi toda la literatura de los años de plomo. Borges, la figura de Borges, el escritor en el que se resumían, casi diabólicamente, nuestros deslumbramientos y nuestras desdichas, ese escritor al que respetábamos, admirábamos y nos exaltaba, pero al que nos hubiera gustado también amar, tenerlo de nuestro lado. En un trabajo que todavía hoy al releerlo no deja de angustiar, en un trabajo necesariamente tan complejo como su propio título, “Sentimientos complejos sobre Borges” (publicado en Les Temps Modernes, de París, en 1981, y en “Sábado” de Unomásuno, de México, en Mayo del mismo año), Noé desarrollaba y trataba de explicarse ese fenómeno que para tantos de nosotros aparecía como la cifra de nuestros males: “...Borges es vivido y presentado casi como una emanación de la dictadura militar, casi como el de la dictadura militar, como quien legitima, con el sentido que tiene, el sentido que tiene la dictadura militar. Desde luego, no es una emanación, precede esta situación; tampoco es un servidor de la dictadura, de pronto reencuentra su viejo anarquismo original, el de su padre, y discrepa; tampoco se ha preocupado por proporcionarle a la dictadura un fundamento ideológico o intelectual; tampoco, igualmente, asume un discurso político que podría ayudar a filiarlo como , o de esa masa ideológica que designamos, para simplificar, como . y él, muchísimas veces en estos años, ni ha rechazado esta manipulación, ni ha razonado sobre ella, ni ha puesto distancia y, más bien, ha ido puntuando mediante declaraciones, chistes o lo que sea, una suerte de que termina por constituir una legitimación a la cual no podríamos acusar de involuntaria”.32 En esta semblanza de Noé, en la que forzosamente quedan más cosas fuera que dentro, faltan algunas que al menos se deben mencionar: la juvenil militancia estudiantil que lo llevó, en tiempos ya geológicos, a ser presidente de FUBA (Federación Universitaria de Buenos Aires); la participación fundamental en la histórica revista Contorno, donde, con León Rozitchner, los hermanos Viñas y Ramón Alcalde revisaron radicalmente la cultura argentina y su posición frente al primer peronismo; la tan importante fundación de Zona de la poesía americana; su colaboración durable en la gran experiencia editorial y cultural que representó el Centro Editor de América Latina, continuador de EUDEBA (la Editorial de la Universidad de Buenos Aires, sofocada por el golpe de estado militar de 1966); algo que siento muy personal y entrañablemente: su apoyo y colaboración con nuestra revista Nuevos Aires entre el 70’ y el 74’; su intervención, entre 1971 y 1973, en el Foro de Buenos Aires por los derechos humanos y en la publicación de los documentos sobre La represión en Argentina 1973-1974, que efectuara la UNAM en 1978; su integración en el Comité de Solidaridad con Chile, cuando el golpe del 73’; su actuación en la vida universitaria mexicana y su colaboración en multitud de revistas y publicaciones; la fundación en la UNAM, en 1983, de Discurso, y de sYc en Buenos Aires. Y hasta la empresa que encamina hoy, la del gigantesco proyecto de una Historia Crítica de la Literatura Argentina, concebida de un modo muy poco habitual y siempre revelador. Ni fechas, ni datos, ni listas de nombres propios, pero sí relaciones, conflictos, interferencias, correspondencias y diferencias, roces. Y también, por qué no, figuras, pero con un criterio cualitativo, estimativo; el criterio “crítico” implicado en el adjetivo que preside el título de la obra. Y en la que ya, con dos tomos aparecidos hasta hoy, va destacándose no una noción de hechos o de textos pasados como herramienta pedagógica, como reglas para el futuro, sino momentos importantes, problemáticos, nodales; nudos, en suma, donde se alojan riquezas, especificidades, significaciones de una literatura. Donde, presididas por una concepción que, sin establecer dependencias mecánicas, se unen la literatura, la sociedad y la política, y se cruzan los saberes de la época, los avances y retrocesos de las ideologías, el desmedido crecimiento del psicoanálisis, los vínculos de la literatura con otras disciplinas estéticas, y los desarrollos de la narratividad, de la especificidad poética, del trabajo crítico, y sus interrelaciones. Todo lo cual supone la intención de señalar ciertas primacías: la de la atenuación de las fronteras entre los géneros; la de las rupturas con la tradición literaria; la de la incitación a lecturas intranquilas, extrañadas, descentradas, motivadoras y productivas; la de destacar y alentar direcciones opuestas a la del éxito, el mercado y el consumo. Les ruego que me disculpen si me he extendido un tanto, pero sin una última consideración me parece que faltaría no solamente una actividad fundamental de Noé, sino, quizás, la que para mí da sentido y forma al todo, no desprendida de él o adjuntada a él como un aditamento sino instalada en él como un centro irradiador. Hablo de la actividad poética, desde el interior de la cual creo que fue posible la intuición, la percepción, la comprensión y la actuación sobre el conjunto. Probablemente porque en el hecho de escribir un poema o una ficción, en la lucha con (contra) la palabra, por el valor de la palabra misma, se verifican, se experimentan todas las dificultades y todos los trabajos, todos los enconos y las torpezas y las diferencias entre el decir y el escribir y, justamente, ese conjunto de experiencias a partir de las que tan bien nos ha esclarecido sobre el poder y la naturaleza de la escritura. De sus innumerables poemas, relatos, narraciones, textos, tengo para mí que uno de los que mejor condensa casi todo lo que acabo de decir es una novela que alberga como escenario exterior e interior a esta ciudad, y que se titula Citas de un día.33 En un vago país latinoamericano, nunca precisado del todo pero que tiene las trazas de México, Zenón Valdés no sale de su amplia casa, circula entre los salones y el jardín, y se dedica a mantener una comunicación aún fluida e intensa con el fantasma de su mujer fallecida, y a desentrañar enigmas que le proponen. Finalmente, cuando cree haber encontrado la clave de misteriosos crímenes, recibe la tercera visita, la de la mujer enviada para asesinarlo. No hay en este texto prácticamente ninguna mención de la política, y menos de situaciones políticas precisas, pero toda la narración es recorrida por los estremecimientos que significativos indicios nos despiertan. La construcción intencionada y como en espejo de la novela policial es múltiple. Por un lado Citas... es una evidente parodia del género; es, luego, un ejercicio literal, puesto que, mediante el aguzamiento de la racionalidad, de la sola inteligencia y de la lógica, el protagonista llegará a conocer el secreto; es, finalmente, una supra metáfora de ese tipo de novela, en la medida en que va dando índices al lector para que su propia racionalidad e inteligencia revelen el enigma mayor que la ficción organiza. Porque si bien es cierto que no hay menciones concretas, el texto propone toda una situación que es, para decirlo de una vez y algo llanamente (tal vez cortantemente, tal vez abruptamente), la del intelectual frente al poder. Más todavía: la del ejercicio de la inteligencia reducida a su íntima actividad y, aún así, castigada, censurada, suprimida por el uso de una fuerza que no tolera esa práctica (quizás porque ella pone, más que ninguna, en peligro su dominio). El juego de citas, configurado por las personas que vienen a visitarlo, pero también por las citas de Shakespeare en Lear, que encabezan partes del texto; por otras constantes alusiones literarias a partir de las del título y el nombre del protagonista; por el relato que se observa, se cuestiona y se cita a sí mismo; por, en fin, un mundo literario en el que el protagonista y la novela están inmersos, remite a un sistema que permite los préstamos generosos, la circulación por los jardines del pensamiento (y por los de las alternativas de las vanguardias "estéticas"), las apropiaciones, los intercambios enriquecedores, y hasta los entretenimientos placenteros. Pero todo ese sistema, en su conjunto, es detenido, aplastado, por el poder absoluto. Tan omnímodo es éste que el protagonista llega a preguntarse, cuando ya cree tener resueltos los enigmas: "¿ Cómo saber si desde un techo vecino no lo estaban mirando con un poderoso aparato, capaz, inclusive, de leer ese texto que, en silencio, iba escribiendo... ?" ( p. 141). Y es cierto, ya que cuando Zenón ha llegado a la revelación, "o sea a la palabra como palabra culminante y hasta cierto punto reveladora o por lo menos en sí misma explicatoria" ( p. 140 ) /.../ y "esa inscripción no se había hecho en el papel y ni siquiera había sido dicha sino que quedaba inscripta en un lugar extraño, en el que los concernidos la estaban leyendo y se sentían, también de manera extraña, descubiertos" ( id. ), "ellos", los "otros", resuelven ejecutarlo. El ahogamiento de la cultura por parte del poder ha venido sufriendo un proceso paulatino y creciente: se ha reprimido la "manifestación", la disidencia política pública; luego, se persigue su expresión oral o escrita; para terminar, ahora, cercenando la misma actividad de pensar. La fuerza bruta se alza contra la inteligencia; el pensamiento (tan fuerte, pues, como la acción) es, ya, lo insoportable, lo "subversivo", tal vez porque asegura una permanencia de la especie contra la parálisis totalitaria. Por eso deduce el protagonista de Citas de un día, que "los resultados de su labor estaban exentos de todo juicio sobre verdad o pifia, lo que importaba en su caso, y para lo que le habían encargado, era sólo lo que podía pensar, cosa mucho más importante porque, a su edad, querer y poder seguir pensando era la mejor garantía de una continuidad de la vida..." ( p. 60 ). En otra ocasión, podríamos decir en otro tiempo, cuando la gente no era tan joven como nosotros lo somos hoy, se dijeron estas memorables palabras: “¡ Qué bello pretexto el cincuenta aniversario de un hombre así ! Se podrá aprovechar para dedicarle este discurso y arrancarlo, casi violentamente, a la trama apretada de sus días. Él será expuesto aquí, vuelto visible a todos, inmenso, como si estuviera solo, condenado a una soledad monumental, eterna, mientras que su soledad secreta, dulce y humilde, lo atormenta ya bastante. Es como si le dijéramos: no te inquietes, ya te has inquietado bastante por nosotros. La muerte nos tomará a todos, pero no es seguro que ella deba llevarte también a ti. Tus palabras, van a representarnos ante la posteridad. Tu nos has servido fiel y lealmente. El tiempo no te destituye”.34 Era Viena, era noviembre de 1936, el homenajeado se llamaba Hermann Broch, las circunstancias anunciaban días seguramente más terribles que los nuestros, quien hablaba era Elías Canetti, con el que no osaría parangonarme. Y sin embargo, entre los tantos sentimientos que esta convocatoria me ha suscitado, y que ha servido de bello pretexto para mi exposición, de un modo insistente se presentaron las palabras de Canetti, como si todo balance de la obra de un alto intelectual provocara un movimiento similar: el del encuentro con una suerte de conciencia histórica encarnada necesariamente en algunas individualidades que, a veces por motivos muy íntimos, otras colectivos, consideramos especialmente significativas. Y a las que quisiéramos seguir teniendo siempre a nuestro lado como una garantía de la continuidad de la vida, no sólo para él en primerísimo lugar sino también para todos nosotros. 1 cf. Noé Jitrik, “Del orden de la escritura”, en sYc, Buenos Aires, N° 6, Agosto de 1995, pp. 77-95. 2 Noé Jitrik, “Acción textual/acción sobre los textos”, en Revista Iberoamericana, Pittsburgh, N° 114-115, Enero-Junio 1981, p. 157. 3 “La integración latinoamericana en su literatura”, en Las armas y las razones, Buenos Aires, Sudamericana, 1984, p. 293. 4 “Prólogo. ”, en Producción literaria y producción social, Buenos Aires, Sudamericana, 1975, p. 11. 5 Noé Jitrik, El fuego de la especie, Buenos Aires, Siglo XXI Argentina, 1971, p. 11. 6 “Prólogo”, en Producción literaria y producción social, op. cit., p. 8. 7 Noé Jitrik, “Poder e impotencia de la literatura”, en Escritores argentinos. Dependencia o libertad, Buenos Aires, Ed. del Candil, 1967, p. 124. 8 op. cit., pp. 23-33 9 Buenos Aires, Editorial Proteo, 1966. Aparecen como autores Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. 10 “Poder e impotencia de la literatura” en Escritores argentinos..., op. cit., p. 117. 11 Noé Jitrik, “Prólogo”, en Producción literaria y producción social, op. cit., p. 18. 12 “El escritor argentino: condena o salvación”, en Escritores argentinos..., loc. cit, p. 11. 13 “Propuesta para una descripción del escritor reaccionario”, en Escritores argentinos..., op. cit., p. 72 . (1) 14 Analía Roffo, “Las lúcidas reflexiones de Noé Jitrik”, en Tiempo Argentino, 4 de Setiembre de 1983, p. 8. 15 Noé Jitrik, “Producción literaria y producción social” en Producción literaria y producción social, op. cit.. Las citas son de p. 50 y de p. 52. 16 “Presentación”, en La vibración del presente, México, Fondo de Cultura Económica, 1987, p. 10. 17 “La memoria compartida”, en La memoria compartida, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1987, p. 20. 18 Trabajo preparado por la Unidad Académica de los Ciclos Profesional y de Postgrado (C.C.H.) -de la UNAM- para la reunión sobre “Situación de la práctica de análisis de lenguajes sociales y teoría del discurso en la investigación y docencia universitaria en la actualidad”. Material mimeografiado, p. 2. 19 “Presentación” en La vibración del presente, op. cit. p. 11. 20 Analía Roffo, “Las lúcidas...”, op. cit.. 21 Noé Jitrik, “Propuestas para discutir la actual situación argentina”, en Cambio, N° 1, México, Octubre/Nov./Diciembre 1975, p.15. 22 “Estructura y significación de Ficciones” en El fuego de la especie, op. cit.., p. 149. 23 Oscar Taffetani, “Sobre el exilio, la literatura y los intelectuales en una tarde aborgesada”. Noé Jitrik, en La Razón/Cultura, Buenos Aires, 22 de Junio de 1986. 24 Nuevos Aires, Buenos Aires, N° 6, Dic. 1971/Ene/Feb. 1972, pp.19-20. 25 id.. pp.18-19. 26 id., p. 53. 27 id., pp. 78-79. 28 Noé Jitrik, “La integración latinoamericana en su literatura”, en Las armas y las razones, op. cit. p. 311. 29 Noé Jitrik, “Propuestas para discutir...”, op. cit., p. 17. 30 Noé Jitrik, “Práctica cultural y práctica política. Un ejercicio crítico”, en Las armas y las razones, op. cit., pp. 56-57. 31 Noé Jitrik, “La universidad argentina y los derechos humanos”, en La universidad y los derechos humanos en América latina, Cuadernos del umbral XXI, N° 1, México, Universidad Iberoamericana, 1990, p. 28. 32 “Sentimientos complejos sobre Borges”, en La vibración del presente, op. cit., p. 34. 33 Noé Jitrik, Citas de un día, Buenos Aires, Alfaguara, 1992. 34 Elías Canetti, “Hermann Broch. Discours à l’occasion du 50e anniversaire. Vienne, novembre 1936”, en La conscience des mots, París, Albin Michel, 1984, p. 15 (La traducción del fragmento es mía).
 
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