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NOTAS

Las tentativas de la memoria
Las tentativas de la memoria
Las tentativas de la memoria en dos novelas argentinas La fortuna de Germán García y Echándonos de menos de Roberto Gárriz (Una presentación informal) Roberto Ferro Tengo que comenzar con una precaución y con una confesión. Primero la precaución: todos sabemos que las presentaciones de libros son ceremonias, pero en este caso se impone señalar algunos desvíos. Ante todo, los libros que se presentan, La fortuna de Germán García y Echándonos de menos de Roberto Gárriz, circulan desde hace unos meses, por lo tanto, creo que ese detalle ya supone, de alguna manera, apartarse de la liturgia tradicional. Luego, se presentan dos libros en una sola entrega. Y, por último, y más importante, del ritual acostumbrado nos deslizamos al festejo, es decir habrá que aflojar las convenciones y dirigirse hacia otro registro. Ahora la confesión: el por qué presentar dos libros en un mismo acto parece estar fundamentado en varias razones; en primer término porque los autores son amigos y se les ocurrió festejar juntos. Luego, porque los libros fueron publicados por la editorial De la Flor; Y, finalmente, porque la fatalidad del abecedario los depositará en inevitable e inminente cercanía en los estantes de las bibliotecas. Pero, lo que no aparece tan nítido, son las razones por las que yo voy a hablar de las dos novelas. Me parece necesario confesar, entonces, que una razón de peso es que fui lector de los dos textos antes de que fueran editados, cuando todavía eran, como les decimos con un eufemismo hiperbólico, manuscritos; es decir cuando todavía los textos y sus escritores podían elegir a sus lectores, cosa que ya hoy es imposible, porque como decía Platón: han quedado separados de sus padres y se les puede hacer decir cualquier disparate. Les pido que consideren lo que les he dicho recién sólo como el comienzo de la confesión que he anunciado, aquellas lecturas cómplices eran íntimas, se desplegaban en el circuito propicio de la imaginación abierta que siempre moviliza la lectura cuando se lleva a cabo como una “práctica solitaria” -digo esto último entrecomillado no porque sea una cita sino más bien como indicio enfático- en la que no hay vigilancia. En cambio, hoy cómo no sentirme amenazado, después de haber releído nuevamente las dos novelas; digo amenazado por la posibilidad de aparecer como una parodia de una de las lecturas de la “Lotería de Babilonia” que, Braun, el protagonista de La fortuna cita a partir de la página 219 o, acaso también como una réplica del poeta, crítico y profesor de letras, Erbóreo Frot, que recibe manuscritos de novelas para someterlos a una inquisición crítica cambio de un módico arancel, tal como se relata meticulosamente en la página 96 de Echándonos de menos. La confesión deberá ser concisa y urgente: definitivamente trataré de escapar del intertexto paródico, sin embargo algo recogeré. He leído La fortuna de Germán García en el cruce inestable entre algunos sentidos de la palabra “fortuna” con algunos sentidos de la palabra “cita”, esto pensado como el principio constructivo que hace proliferar la narración. De las acepciones de fortuna retengo tres: 1) Encadenamiento de sucesos, considerado fortuito. 2) Circunstancia casual de personas y cosas. 3) Hacienda, capital, caudal. La problemática de la novela tiene un centro productivo en torno de lo fortuito, de lo imprevisto, que se despliega en un deslumbrante juego de discontinuidades y rupturas, en las que las instancias de la temporalidad narrativa de cada inscripción –figuradas en el presente, el pasado y el futuro- son perturbadas por la tensión entre lo previsible, por una parte, y la contingencia azarosa, por otra. Este dispositivo puede ser leído como una cifra del funcionamiento de la narración y, simultáneamente, como una interrogación sobre el funcionamiento del mundo, sobre el conflicto entre el caos y el orden, sobre la posibilidad de conocimiento y sobre esa experiencia humana que solemos llamar de modo litotético memoria humana. Todo ello, además, como una metaforización sobre la literatura, que alcanza otras dimensiones que exceden la propia literatura y la convierten en un caudal de significaciones inasible e incalculable. En la página 212 de La fortuna se dice: Después de arreglar una cita con la voz argentina. Encuentro que se narra en el principio de la novela: Esperar a Florencia en el bar Cristal de la avenida Balmes era mostrarle su familiaridad con esta ciudad, ya que lo previsible para alguien de paso hubiera sido terminar en Ramblas […] y aunque anoche Braum había cedido a la maldición de Bocaccio. Y aquí, entonces, aparece el otro término del cruce que anuncié antes. De los significados de “cita”, escojo los siguientes para articular mi lectura: 1) Señalamiento, asignación de día, hora y lugar para verse y hablarse dos o más personas. 2) Nota de ley, doctrina, autoridad o cualquier otro texto que se alega para prueba de lo que se dice o refiere. 3) Mención. La novela de Germán García se abre con la espera del encuentro con esa voz argentina, que llega en el texto diferida, Braun anotará después en su libreta: “la paradoja de la voz”. La voz es de una mujer que tiene el nombre de una ciudad, Florencia, citada en un bar que pone libros a disposición de los parroquianos, bar elegido tras desechar otro, el Bocaccio nada menos. La narración se expande a partir de la dialéctica entre lo que se espera y lo que sucedió. La fortuna narra las peripecias de alguien que no se propone resolver los problemas sino que se encuentra con ellos, narra para prevenir lo imprevisible antes que cualquier voluntad de construir un mensaje. La fortuna cita, y cita porque Braun, su protagonista, lee y se encuentra con personas en bares, en reuniones, en la calle, adentro y afuera, en todas partes. El texto se abre en una encrucijada, se busca un nombre Paula –nieta de un poeta, hija de un torturador- que trabaja en una editorial de la calle Talcahuano: pero el secreto no es quien ha sido Paula en la realidad, hay pistas suficientes para identificar a la persona que figura ese nombre en la novela, el secreto es que significa Paula. El itinerario de Braun no es lineal sino textual, no va de un lugar a otro, sino se mueve de un nombre hacia otro nombre, cada secuencia implica un yacimiento de múltiples lecturas convergentes. Desde las citas de “La Lotería de Babilonia” de Borges que como epígrafes acompañan cada una de las nueve partes de la novela, pasando por Gombrowicz, Cortázar, Macedonio Fernández, Sábato, Ardiles Grey hasta Enrique Banchs, esta lista solo pretende ser un suscito muestrario sin ninguna pretensión de exhaustividad. Todo el texto se hace en la migración metonímica, es una diseminación perpetua a la manera de un bordado que se trama en los bordeando los bordes. El comienzo de la novela supone retorno y repetición, antes que el mero señalamiento de una instancia cronológica. Ningún comienzo se autojustifica. La fortuna se remite a invocar una contingencia como origen, el arreglo entre dos términos es lógico y cronológico, hay, ante todo, una alusión a lo que anuncia que dice la falta y hay una narración tramada en el azar que convierte al mundo en un territorio vedado, con sentido incompleto y la novela se dice como un decir incompleto. Es posible afirmar que no se puede comenzar en cualquier lugar. Se comienza siempre en un punto de partida que nunca es cualquiera. La reivindicación de un lugar cualquiera como punto de partida viene impuesta por una exigencia determinada: no se puede comenzar la escritura en un punto cualquiera sino es desde la garantía, al menos prometida, de un fundamento que legalice los recortes necesarios a la libertad o los condicionamientos de la irresponsabilidad de comenzar en un punto cualquiera. La fortuna comienza con el caudal de la cita. Entre lo fortuito y la cita La fortuna se da a leer como un yacimiento sin fin de la memoria escrita como texto literario. Es la reivindicación desaforada de la literatura como posibilidad de narrar el pasado y como herencia incalculable. He leído Echándonos de menos como alabanza al riesgo que supone toda incursión en el espacio de la literatura argentina en un registro cercano al humor, digo, salvo Cortázar, el Borges oral, Bioy, Arturo Cancela y, por supuesto Macedonio Fernández, parece que el humor siempre ha sido considerado en el canon como un objeto de clase B. Pero ese riesgo es válido dado que el humor aparece aun como más corrosivo que la literatura fantástica. El detrimento del humor implica necesariamente la imposición de una jerarquía violenta a la perturba y trastorna: la pasión referencial -uno de los pilares inamovibles del canon argentino- que con su pretensión de plenitud y anterioridad constituye a los textos como una instancia vicaria y dependiente. Macedonio Fernández en "Para una teoría de la humorística" se refiere a dos tipos de humorismo, el Realista y el Conceptual. Del primero señala que debe ser desechado pues es un realismo como todos, es decir no prueba facultad, porque vive de copias: lo abarca la crítica del Realismo en Arte. Valora, en cambio, el Humorismo Conceptual en el que el autor exhibe facultad de ingenio y su juego inofensivo con el lector. Hace hincapié en el valor del absurdo que es ingeniosidad, milagro de irracionalidad y el que, al ser aceptado, libera al espíritu del hombre, por un instante, de la dogmática abrumadora de una ley universal de racionalidad. El humor Conceptual, que no depende de un referente, traza en el texto fisuras, grietas que no se pueden dominar mediante un discurso que sistemáticamente piensa la lengua como una mediación, en un cierto momento ese componente escriturario no da respuestas si se le impone una determinada postura de lectura, se hace ilegible. Pienso que Echándonos de menos pertenece a esa genealogía macedoniana. He leído, además, la novela de Gárriz como una encrucijada entre Kafka y Martínez Estrada. Los personajes de la novela asisten a una fiesta de casamiento, cada secuencia asemeja a una instantánea que puesta en serie con las otras traman la novela como un supuesto álbum conmemorativo. Cada uno de elloss exhibe dilemas tan lacerantes como los que torturan a los personajes kafkianos, pero en Echándonos de menos no se trata, como en el caso de Joseph K, de dilemas metafísicos o existenciales, sino son simplemente conflictos banales y berretas de incongruencias insalvables entre ser y parecer. Ese doble fondo que en cada capítulo va emergiendo hace de la novela de Gárrriz una continuación delirante de Radiografía de la Pampa de Ezquiel Martínez Estrada. Estas radiografías no tienen el tono apocalíptico de Martínez Estrada, porque la degradación impide cualquier registro similar. El propio Martínez Estrada redefine su Radiografía de la Pampa como un Apocalipsis: Una revelación o puesta en evidencia de la realidad profunda. En el texto de Gárriz esa realidad profunda es una cartografía de la banalidad, hay muchas variables para aludir a ese denso condensado de la Argentina “real”, pero mis limitaciones me impiden encontrar la metáfora apropiada. El futuro de los personajes está compuesto por una fuga desde el pasado, viven asediados por el temor no de convertirse en estatuas de sal sino de sufrir el peor de los exilios que puedan imaginar: ser expulsados del registro del estereotipo; quedar a la intemperie, ser considerado por los iguales como diferente, no pertenecer. Echándonos de menos es, de alguna manera, una revisión de Trapalanda, si para Martínez Estarda nuestra identidad procede de los sueños alucinados de una gavilla de contrabandistas y ladrones, de ese conjunto de arribistas que fueron los conquistadores españoles; para Gárriz los sueños que engendran a los personajes de su novela proceden de la ilusiones imaginarias de los contrabandistas y ladrones que han sido una cifra del éxito social en los últimos años en la Argentina. Echándonos de menos comparte el pesimismo de Kafka y de Martínez Estrada, pero lo desplaza al territorio infame de la imagen socialmente válida porque es la repetición de un original degradado. Creo que la novela de Gárriz espera un lector que atraviese el otro lado del festejo. En estos días tuve La fortuna y Echándonos de menos reunidos, entrecruzados, mezclándose en mi escritorio y no pude menos que ceder a la tentación de nombrar al menos tres puntos de contacto entre ellas. Creo que el irónico homenaje que Germán García le rinde al conde Chikoff es una coincidencia notable con Gárriz acerca de una de las grandes pasiones argentinas: la apariencia, ahora los nuevos ricos –los semióticos al servicio de la publicidad, los sociólogos al servicio de cualquiera que los contrate- dicen imagen. Y luego, las dos novelas trabajan sobre el secreto, García y Gárriz piensan que el secreto sólo existe para los otros en su desaparición, sólo se presenta a la interpretación cuando ha dejado de ser secreto para desplegarse como testimonio del ocultamiento. En las dos novelas, con los registros propios de cada una, el eclipse del secreto es el residuo de un conflicto de poderes, como la afirmación de una asimetría ética, de un distanciamiento, que al ser revelado por la luz toma la forma del silencio y el rechazo del otro. Y, finalmente, La fortuna y Echándonos de menos como ficciones literarias pueden nombrar el fin de la inocencia, pero no como lección ejemplarizante sino como tentación y tentativa de redesignar lo obvio. La gran narrativa, estos textos forman parte de ella, al menos desde la mirada crítica de este oscuro profesor de provincias, la gran narrativa es subversiva no pedagógica. Si dentro de veinte años todavía se lee literatura en este lejano puerto de América del Sur, reitero se lee literatura, que es algo diferente del tráfico de libros, si dentro de veinte años los náufragos a salvo de los abominables logros de las obras de autoayuda y sus satélites como la novela histórica, el periodismo de investigación o las biografías de celebridades, podemos apostar que como dice Roberto Bolaño, habrá en las cuevas lectores de La fortuna y Echándonos de menos. Buenos Aires, Coghlan, julio de 2005
 
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