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NOTAS

Modos de figuración del tiempo a comienzos del tercer milenio
Modos de figuración del tiempo a comienzos del tercer milenio
La reflexión acerca del tiempo constituye uno de los hilos conductores del pensamiento del hombre; desde una perspectiva histórica, su significado ha atravesado por innumerables variaciones íntimamente vinculadas con las mutaciones que se han ido sucediendo en las cosmovisiones dominantes en cada cultura. Ciñéndonos al área occidental, en la historia de la filosofía la especulación sobre la especificidad del tiempo comienza entre los presocráticos, cuya aproximación puede ser pensada como una vasta tentativa de comprensión de las complejas relaciones entre mundo y lenguaje, entre lo que las cosas son por sí mismas y lo que las cosas son en tanto que figuradas por los lenguajes que las representan, con todas las complicaciones derivadas de la rigidez de sus convenciones. Desde el inicio mismo del pensamiento filosófico, la tensión entre los dos términos se complica porque el mundo representado no tiene un carácter estable sino que es visto como algo en constante cambio; por lo tanto, las dificultades inherentes a esta problemática se agravan porque el tiempo se presenta siempre como algo ligado al devenir de los acontecimientos y los lenguajes, que pretenden alcanzar una forma adecuada para significarlo en su variabilidad, están constreñidos por sus condiciones de posibilidad que habilitan y restringen sus modos de representación. Ahora bien, lo que da lugar a la percepción del devenir temporal es el movimiento, de modo que el tiempo no puede concebirse sino como algo consustancial al mismo. Aristóteles piensa el tiempo como algo que pertenece al movimiento, es el número del movimiento según lo anterior-posterior. En su concepción el tiempo no es, pues, un movimiento, pero no existiría sin él, ya que solamente se manifiesta cuando el movimiento comporta un número. Sin embargo, este planteo exige la consideración de que la existencia del tiempo no es posible sin el alma ya que, sin una instancia que verifique la operación de numerar, no habría nada susceptible de ser numerado y, por ende, tampoco habría número ni tiempo. Ante la compleja relación entre mundo y lenguajes, Aristóteles despliega para su comprensión los dos grandes paradigmas para interpretar el tiempo que atraviesan la historia y llegan hasta nosotros: uno, que lo enfoca desde una perspectiva física —en la concepción aristotélica, el tiempo aparece como la medida del movimiento—; y el otro, que privilegia la recepción subjetiva, es decir, no habría tiempo sin un alma que lo midiera, o lo que es lo mismo, no habría tiempo sin conciencia. El espacio y el tiempo son categorías fundamentales de la experiencia humana, pero lejos de ser inmutables, están sujetas al cambio histórico, esta afirmación no supone una lógica determinista cerrada, sino más bien un campo de relaciones que exige un análisis particular para cada situación estudiada. En esta trabajo me propongo revisar los modos de figuración de la temporalidad en el principio del tercer milenio, a partir del presupuesto de que lo que está en cuestión es una variación tangible de la temporalidad producida a través de la compleja interacción de los cambios tecnológicos y su impacto sobre los medios de comunicación masiva, en un mundo fuertemente afectado por nuevos patrones de consumo y de movilidad global. Cuando se trata de la figuración representativa difícilmente se puede postular, al menos desde mi planteo, una respuesta unívoca, porque no existe el objeto estable y originario anterior a la representación. La modernización ha traído la relativización del peso de las tradiciones, acentuada en los últimos años con una marcada disolución de las experiencias de vida estables y duraderas. La velocidad vertiginosa con que se desenvuelven las innovaciones tecnológicas, científicas y culturales produce un desgaste y una precariedad en el uso de los objetos que devienen obsoletos mucho antes de que se agote el lapso probable de su capacidad de funcionamiento, reduciendo la expansión cronológica de la percepción social del presente. Esta es una afirmación paradojal, puesto que cuanto más se estrecha el presente en el capitalismo de consumo, más avanza sobre el pasado y el futuro, asimilándolos en un espacio sincrónico en expansión, que produce una fragmentación en la estabilidad y la identidad de los sujetos contemporáneos. Por una parte, nuestro conocimiento del tiempo parece avanzar hacia una descomposición cada vez mayor hacia lo infinitamente breve, afirmación que encuentra innumerables ejemplos en cada ámbito de la vida social y, por otra, ese lapso cada vez más efímero se expande avanzando sobre el pasado y el futuro. Lo que tiene como consecuencia sujetos cada vez más fragmentados, que conviven con presencias que ya son ruinas, y que deben construir identidades frágiles e inestables a partir de restos, en un mundo en el que la idea de unidad o de totalidad se ha tornado huidiza e imposible. Percibimos que hay demasiado presente , pero nos resulta excesivamente estrecho, lo que nos coloca en una situación histórica novedosa que crea tensiones insoportables en nuestra estructura de sentimiento, como la llamaría Raymond Williams. Es un axioma generalmente aceptado que cada época produce una forma o género dominante, que aparece en su estructuración y su diseño como el más adecuado para dar cuenta de las motivaciones manifiestas y secretas que movilizan las transformaciones sociales fundamentales. Desde que el capitalismo ha ido imponiendo su hegemonía, ya no hay posibilidad cierta de hallar, la idea es de Fredric Jameson, en una configuración relacionada con el lenguaje de las formas genéricas la cifra de los últimos ciento cincuenta años, ni siquiera de un período parcial o localizado. En su lugar, se puede constatar un deslizamiento desde la categoría de las formas y los géneros al concepto de médium y más precisamente de su plural media, en el que se agrupan tres componentes diferentes: una instancia relacionada con modos artísticos de producción estética, una tecnología articulada en torno de un aparato y, por último, una institución social. La consistencia que resulta de esa amalgama puede variar según la diversidad de casos que se considere y, si bien, no son suficientes para definir acabadamente un medio, designan las dimensiones sociales, materiales y estéticas, que se interpenetran generando una entidad más adecuada para representar la organización social capitalista hasta la actualidad. La participación de un dispositivo tecnológico, la mecanización de los procesos culturales, la trasmisión de los significados sociales de manera abrumadoramente dominante mediante la industrialización que produce memorias y tradiciones imaginadas, es un rasgo inseparable del proceso histórico que ha desembocado en el presente al que hemos sido arrojados para convivir. Con esta aproximación a los modos de figuración del tiempo en el tercer milenio me propongo establecer una periodización que contemple dos etapas diversas de representación del tiempo en el capitalismo y caracterizar entonces los medios que se han constituido en el índice privilegiado y sintomático de cada uno de los dos períodos. La aparición de la máquina es el acontecimiento decisivo que da lugar al ascenso del capitalismo, en relación con la construcción social del devenir temporal, el tiempo del trabajo mediado por la máquina pasa a ocupar un papel similar al tiempo religioso en la Edad Media. Del mismo modo que su antecesor asumió el cumplimiento con tres grandes funciones: —aseguraba la ligazón social y la identidad individual; —establecía los parámetros distintivos entre la actividad productiva y la salvación; —y se constituía en la base fundamental de la orientación, daba un sentido a la vida futura, que dejaba de ser trascendente como la Edad Media para ser inmanente o secular. Como señala E. P. Thompson la introducción del cronómetro en las fábricas significó una innovación decisiva puesto que el tiempo real pasa a ser el tiempo objetivo, es decir, la temporalidad vinculada a los objetos; el tiempo mesurable se convierte en una realidad a causa del surgimiento de un instrumento mecánico que instaura la estabilidad de la medida, es decir la racionalización y la materialización de una temporalidad dominante que produce una máquina. El primer período al que me refiero abarca desde la aparición del daguerrotipo a mediados del siglo XIX hasta principios de los años ochenta en el siglo pasado, los límites de la partición son necesariamente aproximados y sólo apuntan a señalar instancias en las que el cambio aparece ya consumado. Con la fotografía la máquina se impone como sujeto y como objeto de la representación, la fascinación que ejerció la fidelidad de la reproducción del referente abrió paso a los proyectos de Étienne Jules Marey para estudiar el movimiento. Sus cronofotografías, múltiples exposiciones sobre planchas de cristal y sobre bandas de película que pasaban automáticamente a través de una cámara diseñada por él mismo en forma de fusil que disparaba el obturador, ejercieron una notable influencia tanto sobre la ciencia como sobre las artes, y contribuyeron a sentar las bases de la cinematografía. El cine pasa por dos etapas sucesivas, la primera que va desde los pioneros, tanto aquellos que la constituyeron como una notable innovación técnica como los que fundaron las bases de su estética, hasta su consolidación definitiva como un arte de masas; y la siguiente, la época sonora, que impuso el predominio de los circuitos de comerciales de difusión; esta segunda etapa se vio acompañada por una fuerte competencia con la televisión que le disputó la preeminencia del espacio mediático audovisual. Hasta principios de los años ochenta del siglo pasado, la fotografía, el cine y la televisión comparten dos rasgos distintivos: la pasividad de la recepción y la imposibilidad de intervenir en el flujo temporal representado; rasgos que le otorgan un cierto grado de coherencia al lapso que estoy considerando más allá de las notables diferencias y transformaciones tecnológicas, estéticas y sociales que se producen en esos años. Las primeras exposiciones del daguerrotipo obligaban a los que posaban a permanecer en absoluta inmovilidad, el esfuerzo llegaba a ser tan intolerable para los modelos que los fotógrafos inventaron una especie de silla con un aparejo que mantenía firme la cabeza de los retratados, que con el torso inmovilizado y el cuello unido a tenazas metálicas podían soportar mejor la espera. Sin la rigidez obligada por las extensiones de aquel dispositivo, la butaca de los cines y los sillones familiares desde los que se veía televisión compartían esa exigencia; gran parte de la fascinación hipnótica que ejercían las pantallas estaba vinculada a la imposibilidad de intervenir sobre ese flujo que se deslizaba frente a los ojos y en los que se configuraba la representación de un devenir temporal sobre la que los espectadores no tenían ninguna posibilidad de participación. Con el surgimiento del control remoto y la televisión por cable, de la difusión del cine en video, de las filmadoras y videograbadoras junto con la expansión explosiva de la computadora personal y el acceso a Internet, se produce un cambio radical, el espectador deja de estar en una posición pasiva para colaborar activamente en la fragmentación y elaboración del flujo de imágenes, ya no solamente para navegar de un site a otro o zappear por los canales de televisión, sino disponiendo de dispositivos tecnológicos que le permiten reproducir las emisiones y manipularlas luego a su arbitrio, pasando de simple espectador a bricoleur productivo. Anteriormente, los medios primero visuales y luego audiovisuales reproducían el devenir temporal como un intervalo continuo en el que se representaban lapsos enmarcados por un principio y un final inamovibles, mientras los espectadores confrontaban su temporalidad existencial con las figuraciones imaginarias a las que asistían; en la actualidad, la relación entre tiempo y movimiento se ha complejizado abarcando a los efectos de la temporalidad reproducida, lo que es un índice decisivo de la actividad de un sujeto que interviene modificando y recomponiendo los flujos, no sólo en el marco de la tecnología de un único medio sino almacenándolos y traduciéndolos desde un modo de inscripción a otro, incorporando materiales de varios y mezclándolos. Lo que vincula al video, como extensión del cine o como proceso de filmación, a la computadora personal, ya sea vinculada a Internet o ya sea reproductora de imágenes y textos, es un dispositivo incorporado en las tecnologías que comparte la misma denominación: memoria. Esta transformación no puede ser pensada exclusivamente como el producto de una modificación en el orden tecnológico que en su desarrollo habilitó una serie de cambios; correlativamente, se puede verificar el interés por la memoria como una preocupación dominante de las sociedades occidentales, constituyéndose en uno de los fenómenos culturales y políticos más sorprendentes de los últimos años que se manifiesta como un giro hacia el pasado que contrasta con la tendencia anterior de valorar el futuro; los mitos apocalípticos, las utopías en todas sus formas, el núcleo de ideas vinculadas con el progreso, han sido desplazadas por una pasión documentalista del pasado que tiene en los museos de la memoria, en la ampliación incesante de los archivos y en la búsqueda de testimonios de todo tipo, sus índices más notables. Es posible señalar tres motivos de irradiación de esta insistencia por los registros del pasado, ante todo, el fracaso del proyecto de la Ilustración y de su confianza en un progreso ilimitado; luego la voluntad de reconstrucción del exterminio de los campos de concentración nazis, erigidos en el emblema de las innumerables masacres que ocurrieron durante el siglo XX en todo el mundo; y, finalmente, la consigna ideológica del fin de la historia, elevada a verdad indubitable por el neoliberalismo victorioso tras la caída del muro de Berlín. Los dos períodos que he distinguido en el desarrollo del capitalismo para caracterizar un medio específico que los refiera, se corresponden a su vez con dos momentos diferentes de los modelos de producción. El fordismo, el método de producción más importante durante la edad de oro del capitalismo industrial, impuso la creciente mecanización de grandes empresas con la aplicación de la cadena de montaje, la selección uniforme de los componentes y de los productos finales. La línea de montaje, genialmente satirizada por Chaplin en Tiempos Modernos, es la síntesis más apropiada para describir el proceso de fabricación, en el que los obreros ocupaban lugares fijos y debían repetir la misma operación, mientras el producto pasaba en una cinta que se movía a un ritmo rigurosamente calculado para ser rentable. La culminación del fordismo se asocia con una época de alta disposición de puestos de empleo, alta inversión de capital, plena utilización de la capacidad productiva y elevadas tasas de beneficio para las empresas. Pero el fordismo tenía en sí mismo las causas de su propia destrucción, la elevada acumulación de capital provocaba que la interrupción de la actividad y la reducción de la productividad resultaran cada vez más costosas, lo que disminuía considerablemente las ganancias. A finales de la década del sesenta se empezó a cuestionar su viabilidad a medida que las relaciones sociales eran cada vez más tensas y los antiguos acuerdos en torno al pleno empleo y a la financiación del Estado de Bienestar, cada vez más oneroso, se debilitaban. Esa mutación ha generado una crisis en los valores del trabajo y un profundo trastrocamiento de la relación con el tiempo. Como señala Richard Sennet, en el posfordismo el valor de lo efímero y la rotación rápida, destruye la fraternidad del trabajo, cada uno procura salvaguardar su lugar en lo inmediato y percibe en la toma de riesgos, tan valorada por el capitalismo financiero, como constante exposición al peligro. La llamada flexibilización laboral destruye la identidad que se construía en torno del trabajo; antes era un relato lineal, ahora se ha convertido en una sucesión de fragmentos, de momentos en los que no parece poder percibirse un guión unificador. El trabajo estructuraba el tiempo, el capital especulativo está descomponiendo los vínculos civiles, familiares y los sentimientos de unidad nacional. La revolución conservadora, que durante la década del ochenta tuvo a Reagan y Tatcher como sus mascarones de proa, ha impuesto la lógica utilitaria y efímera del mercenario sobre la ética de larga duración del trabajo. El contrato social y el contrato salarial son reemplazados por convenios comerciales. El capital productivo por el capital financiero y usurario. Walter Benjamin decía “La esencia de una cosa aparece en su verdad cuando se encuentra amenazada de desaparecer.” Las sociedades humanas atraviesan por una trasformación radical en su modo de construir el tiempo. La urgente necesidad de articular proyectos para sobrevivir y mejorar sufre la asechanza de dos descomunales obstáculos, por una parte, los grandes esquemas de pensamiento y de representación de largo plazo se han derrumbado y, por otra, el predominio abrumador de las nuevas tecnologías someten a las sociedades a la impronta de un tiempo acelerado y un horizonte de corto plazo, formateado por la especulación financiera. He pensado este trabajo como un ensayo, es decir tratando de escribir una búsqueda, escribir para seguir un rastro, en sus desvíos y sus meandros. No tengo la pretensión de afirmar un saber concluido, sino de trazar una dirección de pensamiento; si hay alguna seguridad en el ensayo no se funda en la argumentación sino en una cierta tentativa no exenta de incertidumbre. Creo que las paradojas de la construcción social del devenir temporal que he tratado de señalar abren una expectativa posible, ante el campo minado con que nos enfrenta el neoliberalismo capitalista, los nuevos modos de figuración del tiempo de los bricoleurs productivos no son un índice más entre otros muchos, acaso en esa posibilidad de reestructuración de los tiempos sociales haya también un modo de reformular la utopía. No es simplemente una ilusión, sino que ante el predominio aplastante de las grandes cadenas mediáticas de construcción de verdad, la inquietud anárquica y creativa de los bricoleurs puede ser una alternativa de transformación. Roberto Ferro
 
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