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NOTAS

Calvino 2 1/2 Ermitaño en París
Calvino 2  1/2 Ermitaño en París
ERMITAÑO EN PARÍS DESDE hace unos años tengo una casa en París y allí paso una parte del año pero, hasta ahora, esta ciudad no aparece nunca en las cosas que escribo. A lo mejor para poder escribir sobre París debería alejarme de ella, si es cierto que siempre se escribe partiendo de una carencia, de una ausencia. O bien, estar más dentro de ella, pero para eso debería haber vivido en ella desde mi juventud, si es cierto que son los escenarios de los primeros años de nuestra vida los que dan forma a nuestro mundo imaginario y no los lugares de la madurez. Diré más: es necesario que un lugar llegue a ser un paisaje interior para que la imaginación empiece a habitar ese lugar, a hacer de él su teatro. Ahora bien, París ya ha sido el paisaje interior de gran parte de la literatura mundial y de muchos libros que todos hemos leído y que tanto han contado en nuestras vidas. Antes que una ciudad del mundo real, París, para mí como para millones de otras personas de todos los países, ha sido una ciudad imaginada a través de los libros, una ciudad de la que uno se apropia leyendo. Se empieza de muchacho con Los tres mosqueteros, luego con Los miserables; en la misma época o inmediatamente después París se transforma en la ciudad de la Historia, de la Revolución Francesa; más tarde, al avanzar en las lecturas juveniles se convierte en la ciudad de Baudelaire, de la gran poesía de cien años a esta parte, la ciudad de la pintura, la ciudad de los grandes ciclos novelísticos: Balzac, Zola, Proust... Cuando venía como turista, todavía ése era el París que visitaba; era una imagen ya conocida la que reconocía, una imagen a la que yo no podía añadir nada. Ahora, los avatares de la vida me han traído a París con una casa, una familia. Si lo queremos así, aún soy un turista porque mi actividad y mis intereses de trabajo siguen estando en Italia, pero, en suma, el modo de estar en la ciudad es distinto, determinado por los cien pequeños problemas prácticos de la vida familiar. Quizá, al identificarse con mi peripecia particular, con la vida cotidiana, al perder esa aureola que es el reflejo cultural y literario de su imagen, París podría llegar a ser una ciudad interior y me sería posible escribir sobre ella. Ya no sería la ciudad de la que todo ya está dicho, sino una ciudad cualquiera en la que estoy viviendo, una ciudad sin nombre. Alguna vez me salió de modo espontáneo ambientar relatos totalmente imaginarios en Nueva York, ciudad en la que he vivido sólo unos pocos meses en mi vida. Quién sabe, tal vez sea porque Nueva York es la ciudad más sencilla, al menos para mí, más sintética, una especie de prototipo de ciudad: como topografía, como aspecto visual, como sociedad; mientras que París, por el contrario, tiene una gran densidad, tiene muchas cosas detrás, muchos significados. Tal vez me dé un poco de apuro: me refiero a la imagen de París, no a la ciudad en sí, que, por el contrario, es la ciudad donde apenas uno pone el pie la siente en seguida como algo familiar. Pensándolo bien, nunca se me ha ocurrido ambientar en Roma ninguno de mis relatos y eso que en Roma he vivido más que en Nueva York y posiblemente más que en París. Otra ciudad de la que no soy capaz de hablar, Roma; otra ciudad sobre la que se ha escrito demasiado. Pero nada de lo que se ha escrito sobre Roma puede compararse con lo que se ha escrito sobre París; su único aspecto en común es éste: tanto Roma como París son ciudades de las que es difícil decir nada que no se haya dicho ya; y hasta en sus aspectos novedosos, cada cambio que se produce en ellas encuentra de inmediato un coro de comentaristas listo para tomar nota de ello. Pero acaso yo no esté dotado para establecer relaciones personales con los lugares; me quedo siempre como flotando, estoy en las ciudades sólo con un pie. Mi escritorio es un poco como una isla; podría estar aquí como en cualquier otro país. Y, por otra parte, las ciudades se están transformando en una única ciudad, en una ciudad ininterrumpida en que se pierden las diferencias que en tiempos caracterizaban a cada una de ellas. Esta idea, que recorre todo mi libro Las ciudades invisibles, me viene del modo de vivir que ya es el de muchos de nosotros: un continuo pasar de un aeropuerto a otro para hacer una vida casi igual en cualquier ciudad en que uno se encuentre. Suelo decir, y ya lo he repetido tantas veces que casi me aburre el decirlo, que en París tengo mi casa de campo, en el sentido de que, al ser escritor, una parte de mi trabajo la puedo hacer en soledad, no importa dónde, en una casa aislada en medio del campo o en una isla, y esta casa de campo yo la tengo en pleno centro de París. Y así, mientras la vida de relación vinculada a mi trabajo se desarrolla toda en Italia, aquí vengo cuando puedo o debo estar solo, cosa que en París me resulta más fácil. Italia, o al menos Turín y Milán, están a una hora de aquí: vivo en un barrio desde el que se llega con facilidad a la autopista y, por tanto, al aeropuerto de Orly. Se puede decir que en las horas en que las calles de la ciudad se vuelven impracticables por el tráfico, llego antes a Italia que, por ejemplo, a los Campos Elíseos. Casi podría trabajar como un «pendular»; ya está próxima la época en que Europa se podrá vivir como una única ciudad. Al mismo tiempo, se aproxima la época en que ninguna ciudad podrá ser usada como una ciudad: en los pequeños desplazamientos se pierde más tiempo que en los viajes. Puede decirse que cuando estoy en París no me muevo nunca de este estudio. Por una vieja costumbre todas las mañanas voy hasta St. Germain-des-Prés a comprar los periódicos italianos; voy y vengo en metro. Así pues, no es que yo sea muy flâneur, el paseante de las calles de París, ese tradicional personaje consagrado por Baudelaire. Lo que ocurre es que tanto los viajes internacionales como los recorridos urbanos ya no son una exploración a través de una serie de lugares distintos; sencillamente, son desplazamientos de un punto a otro punto entre los que hay un intervalo vacío, una discontinuidad, un paréntesis sobre las nubes en los viajes aéreos y un paréntesis bajo la tierra en los recorridos por la ciudad. Siempre tuve confianza en el metro, desde cuando en mi juventud llegué a París por primera vez y descubrí que este medio de transporte tan sencillo de usar ponía toda la ciudad a mi disposición. Y tal vez en esta relación mía con el metro también tenga que ver la fascinación del mundo subterráneo: las novelas de Verne que más me gustan son Las Indias negras y el Viaje al centro de la Tierra. O bien, es el anonimato lo que me atrae: esa muchedumbre en la que puedo observar a todos uno a uno y, al mismo tiempo, desaparecer por completo. Ayer en el metro había un hombre descalzo; no un gitano ni un hippy, un señor con gafas, como yo y como tantos, que leía su periódico, con aspecto de profesor, el clásico profesor distraído que se ha olvidado de ponerse los calcetines y los zapatos. Y era un día de lluvia, y caminaba descalzo y nadie lo miraba, nadie parecía sentir la menor curiosidad. El sueño de ser invisible... Cuando me encuentro en un ambiente en que puedo hacerme la ilusión de ser invisible, me siento muy bien. Todo lo contrario a como me siento cuando debo hablar por la televisión y siento la cámara que me apunta, que me clava a mi visibilidad, a mi cara. Creo que, vistos en persona, los escritores pierden mucho. Una vez nadie sabía quiénes eran, en persona, los escritores verdaderamente populares: eran sólo un nombre en la portada y esto les daba una fascinación extraordinaria. Gaston Leroux, Maurice Leblanc (siguiendo entre los que divulgaron el mito de París entre millones de personas) eran escritores muy populares de los que nada se sabía. Ha habido escritores todavía más populares de los que ni siquiera se sabía su nombre de pila, sólo una inicial. Creo que la condición ideal del escritor es ésta, próxima al anonimato; es entonces cuando la máxima autoridad del escritor se desarrolla, cuando el escritor no tiene un rostro, una presencia, pero el mundo que representa ocupa todo el cuadro. Como Shakespeare, del que no nos queda ningún retrato que pueda servirnos para saber cómo era ni ninguna noticia que explique realmente algo de él. En cambio, hoy, cuanto más invade el campo la figura del autor tanto más se vacía el mundo representado; además, el autor también se vacía, queda el vacío en todas partes. Hay un punto invisible, anónimo, que es aquel desde el que se escribe y por eso definir la relación entre el lugar en que escribo y la ciudad que me circunda me resulta difícil. Puedo escribir muy bien en las habitaciones de los hoteles, en esa especie de espacio abstracto, anónimo que son las habitaciones de hotel, en las que me encuentro ante la página en blanco, sin alternativa, sin salida. O, tal vez, ésta sea una condición ideal que valía sobre todo cuando era más joven y el mundo estaba allí, apenas se cruzaba la puerta, plenísimo de signos; me acompañaba a todas partes; tenía tanto cuerpo que me bastaba con separarme un paso para poder escribir de él. Ahora algo ha debido de cambiar; sólo escribo bien en un lugar que sea mío, con libros al alcance de la mano, como si siempre tuviera necesidad de consultar no se sabe bien qué. A lo mejor no es por los libros en sí sino por una especie de espacio interior que los libros forman, como si me identificara a mí mismo con una ideal biblioteca propia. Y, sin embargo, no consigo reunir una biblioteca mía; los libros los tengo siempre un poco aquí y un poco allá. Cuando necesito consultar un libro en París siempre se trata de un libro que tengo en Italia; cuando en Italia debo consultar un libro, ese libro siempre está en París. Esta necesidad de consultar libros mientras escribo es una costumbre que he ido adquiriendo, digamos, desde hace unos diez años; antes no era así, todo debía venir de la memoria, todo formaba parte de lo vivido, en lo que escribía. Incluso cualquier referencia cultural debía ser algo que llevase dentro de mí, que formase parte de mí mismo, si no no entraba en las reglas del juego, no era un material que pudiera plasmar en la página. En cambio, ahora es todo lo contrario: el mismo mundo se ha convertido en algo que consulto de vez en cuando: resulta que entre este estante y el mundo de fuera no hay ese salto que parecía. Entonces podría decir que París -veamos qué es París- es una gigantesca obra de consulta, una ciudad que se consulta como una enciclopedia; se abre una página y te da toda una serie de informaciones de una riqueza como ninguna otra ciudad. Tomemos las tiendas, que constituyen el discurso más abierto, más comunicativo que una ciudad expresa. Todos nosotros leemos una ciudad, una calle, un tramo de acera siguiendo la fila de las tiendas. Hay tiendas que son capítulos de un tratado, tiendas que son voces de una enciclopedia, tiendas que son páginas de periódico. En París hay tiendas de quesos donde se exponen cientos de quesos todos distintos, cada uno etiquetado con su nombre: quesos envueltos en ceniza, quesos con nueces; una especie de museo, de Louvre de los quesos. Son aspectos de una civilización que ha permitido la supervivencia de formas diferenciadas a escala lo suficientemente amplia como para hacer que su producción sea económicamente rentable, aun manteniendo siempre su razón de ser al presuponer una posibilidad de elección, un sistema del que forman parte, un lenguaje de los quesos. Pero sobre todo es también el triunfo del espíritu de la clasificación, de la nomenclatura. Así que si mañana me pongo a escribir de quesos, puedo salir a consultar París como una gran enciclopedia de los quesos. O bien a consultar ciertos ultramarinos en los que se reconoce aún lo que era el exotismo del siglo pasado, un exotismo mercantil del primer colonialismo, digamos un espíritu de exposición universal. Hay un tipo de tienda en que se siente que ésta es la ciudad que dio forma a ese particular modo de considerar la civilización que es el museo. Y el museo, a su vez, ha dado su forma a las más variadas actividades de la vida cotidiana, de modo que no hay solución de continuidad entre las salas del Louvre y los escaparates de las tiendas. Digamos que en la calle todo está listo para pasar al museo o que el museo está listo para englobar a la calle. No es casualidad que el museo que más me gusta sea el dedicado a la vida y a la historia de París: el Musée Carnavalet. Esta idea de la ciudad como discurso enciclopédico, como memoria colectiva, tiene toda una tradición. Pensemos en las catedrales góticas en las que todo detalle arquitectónico u ornamental, todo lugar y elemento se remitía a cogniciones de un saber global y era una señal que hallaba su correspondencia en otros contextos. Del mismo modo, podemos «leer la ciudad como una obra de consulta, como «leemos» Nôtre Dame (a pesar de la restauración de Viollet-le-Duc), capitel a capitel, gárgola a gárgola. Y al mismo tiempo podemos leer la ciudad como inconsciente colectivo: el inconsciente colectivo es un gran catálogo, un gran bestiario. Podemos interpretar París como un libro de los sueños, como un álbum de nuestro inconsciente, como un catálogo de monstruos. Así, en mis itinerarios de padre, de acompañante de mi hijita, París se abre a mis consultas con los bestiarios del Jardin des Plantes, los terrarios donde se regodean iguanas y camaleones, una fauna de eras prehistóricas y, al mismo tiempo, la gruta de los dragones que nuestra civilización arrastra tras de sí. Los monstruos y los fantasmas del inconsciente visibles fuera de nosotros son una vieja especialidad de esta ciudad que no por nada fue la capital del surrealismo. Porque París, aun antes de Breton, contenía todo lo que luego sería la materia prima de la visión surrealista. y, además, el surrealismo ha dejado su impronta, su huella, que se reconoce a través de toda la ciudad aunque sólo sea por un cierto modo de valorar la sugestión de las imágenes, como en las librerías de gusto surrealista o en ciertos pequeños cines, como, por ejemplo Le Styx, especializado en películas de terror. También el cine en París es museo o enciclopedia de consulta, no sólo por la cantidad de filmes de la Cinématheque, sino por toda la red de studios del Barrio Latino; esas salas estrechitas y malolientes donde se puede ver la última película del nuevo director brasileño o polaco, así como las viejas cintas del cine mudo o de la Segunda Guerra Mundial. Con un poco de atención y un poco de suerte todo espectador puede reconstruir la historia del cine pieza a pieza. Yo, por ejemplo, tengo debilidad por las películas de los años treinta porque son los años en que el cine era todo el mundo para mí y en ese aspecto puedo darme grandes satisfacciones, digamos en el sentido de búsqueda del tiempo perdido: volver a ver películas de mi infancia o recobrar películas que en mi infancia había perdido y que creía perdidas para siempre, mientras en París siempre puedes esperar encontrar lo que creías perdido, el propio pasado o el de los demás. He aquí, pues, otro modo más de ver esta ciudad: como un gigantesco departamento de objetos perdidos, un poco como la Luna en el Orlando furioso, donde se recoge todo lo que se había perdido en el mundo. Y entonces entramos en el ilimitado París de los coleccionistas, esta ciudad que invita a coleccionar todo porque acumula, clasifica y redistribuye, en la que se puede buscar como en un terreno de excavación arqueológica. La del coleccionista todavía puede ser una aventura existencial, una búsqueda de sí mismo a través de los objetos, una exploración del mundo que también es realización de sí. Pero yo no puedo decir que tenga espíritu de coleccionista; o sea, que este espíritu se me despierta sólo con cosas impalpables como las imágenes de los viejos filmes, colección de recuerdos, de sombras en blanco y negro. Debo sacar la conclusión de que mi París es la ciudad de la madurez, en el sentido de que ya no la veo con el espíritu de descubrimiento del mundo que es la aventura de la juventud. En mis relaciones con el mundo he pasado de la exploración a la consulta; es decir, el mundo es un conjunto de datos que está ahí, independientemente de mí, datos que puedo comprobar, combinar, transmitir, tal vez de cuando en cuando, moderadamente, y disfrutar de ellos pero siempre un poco desde fuera. Por debajo de mi casa pasa una vieja línea ferroviaria de circunvalación urbana, la Paris-Ceinture, casi fuera de servicio, pero dos veces al día aún pasa un trenecito y entonces yo recuerdo unos versos de Laforgue que dicen: Je n 'aurai jamais d 'aventures; Qu 'il est petit, dans la Nature, Le chemin d 'fer Paris-Ceinture!