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NOTAS

Las polémicas, un pasaje entre escritura y vida en Julio Cortázar
Las polémicas, un pasaje entre escritura y vida en Julio Cortázar




El señalamiento de una disonancia entre escritura y vida en Julio Cortázar es un lugar común compartido por la crítica literaria, la historia de la literatura y las diversas formas del periodismo cultural, que más allá de los matices considerados en cada oportunidad, aparece como una evidencia incontrovertible; los fundamentos que la avalan parten de una certeza asentada en la garantía que otorga  la nitidez con que se advierten notables diferencias entre los imperativos que articularon el campo de su poética literaria, por una parte, y los imperativos que fueron constituyendo su postura ética y política, por otra. La especulación sobre la que se asienta mi trabajo tiene por objeto el revisar algunas de estas cuestiones centrándome en las polémicas de Cortázar que mantuvo con David Viñas, José María Arguedas, Liliana Heker, Oscar Collazos y, asimismo, reflexionar más extensamente sobre su texto “Policrítica en la hora de los chacales”  vinculado con el caso Padilla.
El lapso que abarcan esas polémicas va desde la carta a Roberto Fernández Retamar, de mayo de 1967, que es el punto de partida de la confrontación con José María Arguedas, hasta noviembre de 1980, con su respuesta a Liliana Heker.  El contexto sociopolítico que las enmarca es, por una parte, en el orden global: la guerra fría, que en Latinoamérica tenía su expresión más directa en la “doctrina de la seguridad nacional”, que alineaba las fuerzas armadas de acuerdo con las exigencias de la política exterior norteamericana, con sus consecuencias de imposición de dictaduras sangrientas y constantes violaciones de los derechos humanos; y por otra, el alineamiento de Cuba con la Unión Soviética. En el campo intelectual se producen trasformaciones en la concepción de las funciones del intelectual y, correlativamente,  de la función de la literatura.  La polémica es una práctica discursiva cuya especificidad es la confrontación, el disenso, que enfrenta antagonistas que se atacan y defienden en torno a puntos de controversia. Cada uno de los contendientes se asume como portador de la verdad que debe imponer al otro. El desarrollo de la polémica es un combate verbal en el que quienes confrontan recurren a artilugios y celadas, es una lucha discurso contra discurso, que es una figuración verbal de una lucha cuerpo a cuerpo. Los opuestos dicotómicos y maniqueos son la razón de la diferencia que propicia el debate, y que asumen los interlocutores. Esta aproximación urgente y esquemática del contexto tiene como propósito exhibir que esas polémicas eran una modalidad de intervención sobre asuntos en los que quienes participaban aparecían con representantes de posiciones diferentes que concitaban el interés de audiencias atentas y preocupadas por esas cuestiones. Una acotación, en 1979, en “Acerca de las colaboraciones especiales”, incluido en Papeles inesperados, Cortázar atenúa el carácter de sus intervenciones: “Hace años mantuve un cambio  de pareceres con el gran José María Arguedas y otro con Óscar Collazos; en ambas oportunidades se habló de polémica cuando en realidad se trataba de tentativa de diálogos a la distancia, cosa muy diferente de un polémica puesto que ésta es casi siempre agresiva como bien lo indica la raíz misma del término” . Esa figura retórica, la atenuación,  forma parte de los modos con que Cortázar articula su posición; entonces, lo leo como una ratificación más que como una rectificación.
En “Situación del Intelectual Latinoamericano”, subtítulo de la carta a Fernández Retamar”  Cortázar aborda,  ante todo, el tema de su radicación en Francia, para afirmar su identidad  y pertenencia a Latinoamérica; y, luego, ataca lo que llama telurismo como una perspectiva profundamente ajena por estrecha, parroquial y hasta aldeana, y vincula la labor en la zona con los peores avances del nacionalismo negativo. Arguedas le contesta en  la revista Amauta de junio de 1968 con un fragmento de lo que después aparece con fecha 15 de mayo, en su novela El zorro de arriba y el zorro de abajo. Allí argumenta en contra de la profesionalización del escritor  y establece un vínculo entre literatura y mercado que alude al fenómeno del boom. La respuesta de Cortázar se da en una entrevista a la revista Life de abril de 1969, en la que asume como propia una concepción totalizadora de la literatura latinoamericana y, asimismo, establece una distinción precisa entre el éxito editorial y el interés de los lectores que considera es debido  al agotamiento de las formas narrativas en Estados Unidos y Europa. Arguedas replica con “Inevitable comentario a unas ideas de Julio Cortázar”  en Amaru de 1969, descalificando el uso del término exiliado para todos menos para el argentino. El eje del debate está centrado en una antinomia que atraviesa buena parte de la literatura latinoamericana; simplificando en grado sumo, es posible decir que Arguedas estaría a favor del localismo y Cortázar del cosmopolitismo.
La polémica con David Viñas se origina en sus afirmaciones en su libro  De Sarmiento a Cortázar, de 1971,  y la  reafirmación de su postura en una entrevista publicada en el número 1 de la revista Hispamérica. Cortázar le replica en una carta dirigida, a su director, Saúl Sosnowski en el número siguiente. El escarabajo de oro de junio de 1973, además de la carta, reproduce un fragmento polémico de Viñas. La posición de éste consiste en valorar la construcción de un espacio crítico en el que la visión orientada hacia adentro, Latinoamérica, Argentina, contradictoria con una perspectiva universal, que identifica con el neocolonialismo ideológico europeo. Por su parte, Cortázar privilegia el proceso de creación como componente nodal para el escritor en el cual su radicación geográfica no condiciona su vínculo y compromiso con las problemáticas latinoamericanas.
La polémica con Liliana Heker  se desarrolló en las páginas de la revista El Ornitorrinco, números 7 y 10 de enero-febrero y octubre-noviembre de 1980.  El punto de fricción se originó en un artículo de Cortázar aparecido en la revista colombiana Eco, N° 205 de noviembre de 1978, titulado “América Latina: exilio y literatura” y que Heker  retoma para polemizar con  sus argumentos. En términos esquemáticos, el debate se centra sobre la oposición “los escritores que se fueron” versus “los que se quedaron”, con modulaciones acerca de la caracterización de política de la condición de exiliado.
En un artículo “Encrucijada del lenguaje” que publicó la revista Marcha en 1969, Oscar Collazos, escritor y ensayista colombiano director del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas, había descalificado a algunos escritores, con especial énfasis a Cortázar, por el divorcio que se producía entre sus novelas y lo que él llamaba la “realidad”. Ponía el acento, en “el desprecio de toda referencia concreta a partir de la cual se inicia la gestación del producto literario”. Collazos también la emprende con la novela 62. Modelo para armar, a la que caracteriza como una validación de la dicotomía, de la escisión del ser político y del ser literario; en resumen, la crítica apunta a la estetización literaria de lo real. Cortázar responde con “Literatura en la revolución y revolución en la literatura: algunos malentendidos a liquidar” (también publicado en Marcha). Señala que “Collazos insiste en pensar como  un ‘divorcio con la realidad’ sin comprender que esos escritores a los que desautoriza están en la búsqueda de una fusión más profunda del verbo con todas sus posibles correlaciones”; y señala que la función del escritor como crítico es una vertiente que no debería ser confundida con el proceso creativo. Y  agrega: “¿Olvido de la realidad? De ninguna manera: mis cuentos no solamente no la olvidan sino que la atacan por todos los flancos posibles, buscándole las venas más secretas y ricas”. En la siguiente intervención de Collazos “Contrarrespuesta para armar”, el colombiano  se dirige al  “compañero Julio”, y su exposición se puede entender en términos de la retórica de la polémica como el de quien acepta que la palabra de otro se acerca más a la verdad y lo reconoce.
“Policrítica en la hora de los chacales” expone la posición de Julio Cortázar frente al “caso Padilla” que en abril de 1971 había producido una gran conmoción en la comunidad intelectual latinoamericana. Es un texto que reúne un conjunto de marcas de la poética cortazarina, comenzando por su  entrecruzamiento genérico, en tanto que se da a leer como un poema-ensayo. “Polícrítica” interviene en la polémica provocada por el encarcelamiento del poeta Heberto Padilla, su posterior autocrítica y carta de condena que un numeroso grupo de intelectuales le envió a Fidel Castro.
Aparece publicado en  Cuadernos de Marcha en mayo de ese año, en un dossier dedicado al “caso Padilla”. El texto se propone  definir su posición personal, apartándose de los manifiestos colectivos del grupo de intelectuales en los que hasta entonces había participado. Esto tuvo consecuencias, a Cortázar le deparó desencuentros personales
e intelectuales.  “Policrítica en la hora de los chacales” diseña una concepción del intelectual
que puede ser pensada como un  punto de pasaje entre su vida y su obra.
“Policrítica” no es tan solo un intento de justificación personal, sino también una contradictoria transacción entre diferentes poéticas y concepciones del rol del escritor como actor social que habían provocado una dura pugna en los debates culturales de los años anteriores. En ese sentido, “Policrítica” es un texto en que emergen tanto discrepancias como correspondencias entre diversas figuraciones del intelectual y las negociaciones con ellas que Cortázar fue elaborando en esos años.
La escritura de “Policrítica en la hora de los chacales” aparece en una etapa de gran complejidad en el campo cultural latinoamericano. Un conjunto de intelectuales reconocidos que habían apoyado la gesta de la revolución cubana, eran invalidados por sus autoridades. Una de las  razones de la ruptura, digo esquemáticamente, era la confrontación entre diferentes concepciones de las funciones  que le correspondía  asumir al intelectual con respecto a la revolución.
Entraban en conflicto dos ideas diferentes de la relación que debían mantener los intelectuales con los cursos de acción política; por una parte, se alineaban  aquellos que privilegiaban los objetivos de gobierno cubano por sobre las cuestiones de orden estético; en concordancia con esto  habían optado por valorar las poéticas realistas en las que el dominante era la potencialidad comunicativa de los textos hacia la conciencia de los lectores.  Por otra parte,  estaban aquellos que pensaban el trabajo intelectual como una contribución crítica con lo que trastornaban es imposición jerárquica equiparando la serie estética y la serie política.
Cortázar era uno de los representantes más notorios de esta segunda opción. En sus textos, como fue reiterando en numerosas oportunidades, son producidos  desde una concepción  que presupone una tensión entre la acción política y la práctica literaria como una vía posible de realizar desde  el campo de la literatura una revolución más profunda de la que los dirigentes revolucionarios habían realizado en la esfera de la política práctica.
“Policrítica a la hora de los chacales” es el modo que Cortázar elije para exponer su punto de vista en relación tanto con   ruptura  entre los intelectuales y el régimen cubano como a su defensa de la autonomía de la obra literaria en el contexto revolucionario.
Desde los primeros pasajes, Cortázar se sitúa en un espacio diferente al de los dos sectores en conflicto sin hacer referencia directa explícitamente a ellos. La alusión en el  título a “los chacales” ya caracterizaba a un oponente sobre el que iba descargar su ataque;  ese oponente no era ninguno de los dos sectores primordiales de la polémica, sino un tercero que con sus acciones distorsionadoras potenciaba el debate:
De qué sirve escribir la buena prosa, / De qué vale que exponga razones
y argumentos / Si los chacales velan, la manada se tira contra el verbo, /
Lo mutilan, le sacan lo que quieren, dejan de lado el resto, / Vuelven lo
blanco negro, el signo más se cambia en signo menos, / (. . . ) De qué sirve
escribir midiendo cada frase, / De qué sirve pesar cada acción, cada gesto
que expliquen la / Conducta / Si al otro día los periódicos, los consejeros,
las agencias, / Los policías disfrazados, / Los asesores del gorila, los abogados
de los trusts / Se encargarán de la versión más adecuada para consumo de /
inocentes o de crápulas, / fabricarán una vez más la mentira que corre, la
duda que se / instala.

Cortázar se propone reordenar las posiciones básicas de la polémica. Profiere su discursividad desde un punto de vista  que no concordaba con el de los intelectuales que habían criticado a Fidel (a pesar de que él mismo había sido uno de ellos) ni con la postura oficial de régimen cubano, abriendo otro frente con su acusación a un tercero, los aparatos culturales y propagandísticos del imperialismo, por ser los promotores del conflicto.
Cortázar redefinía el núcleo del debate caracterizándolo como “malentendido lingüístico” inducido por la propaganda de “los chacales”. De este modo, atenuaba considerablemente la entidad  del conflicto y, en consecuencia,  relativizaba las imputaciones y las  recriminaciones cruzadas  entre uno y otro bando. Asimismo, situaba la problemática en el plano de los usos del lenguaje, que era el ámbito en el que Cortázar había reflexionado sobre el carácter revolucionario de la literatura.
Esa perspectiva sitúa el antagonismo entre los usos del lenguaje  de “los chacales” y la modalidad de escritura literaria que había hecho propia en las polémicas de los años anteriores. La escritura literaria  atravesada por el cuerpo y el deseo  se diferencia antinómicamente  del “correcto castellano” utilizado por los chacales que azuzan el enfrentamiento en el campo literario latinoamericano:
Entonces no, mejor ser lo que se es, / Decir eso que quema la lengua y
el estómago, siempre habrá / Quien entienda / Este lenguaje que del fondo
viene / Como del fondo brotan el semen, la leche, las espigas. / Y el que
espera otra cosa, la defensa o la fina explicación, / La reincidencia o el escape,
nada más fácil que comprar el diario / Made in USA / Y leer los comentarios
a este texto, las versiones de Reuter o / De la UPI / Donde los chacales
sabihondos le darán la versión satisfactoria, / Donde editorialistas mexicanos
o brasileños o argentinos / Traducirán para él, con tanta generosidad, / Las
instrucciones del chacal con sede en Washintong, / Las pondrán en correcto
castellano, mezcladas con saliva/ Nacional / Con mierda autóctona, fácil de
tragar.

Esa dicotomía entre dos concepciones opuestas del lenguaje era la que le había permitido a Cortázar tomar distancia de los sectores conservadores de la Revolución Cubana, que orientaban su foco de interés hacia el disciplinamiento social y lingüístico y, por tanto, opuestas a esa revolución más profunda, de una  liberación humana más radical, que Cortázar proponía en sus textos. En su polémica con Collazos había establecido una concomitancia entre esos sectores conservadores del régimen cubano y las poéticas “realistas” y “comunicantes”;  afirmando que el objetivo del arte en la revolución debía ser extender los horizontes de acción a través de la palabra literaria, como vía propicia para profundizar el cambio social:
No me excuso de nada, y sobre todo / No excuso este lenguaje, /Es la
hora del Chacal, de los chacales y de sus obedientes: / Los mando a todos a
la reputa madre que los pari, / Y digo lo que vivo y lo que siento y lo que
sufro y lo que / Espero

Cortázar elabora en su “Policrítica” una postura  original, pero no exenta de cierta ambigüedad contradictoria.  Ante todo, elige un poema-ensayo para enunciar su intervención, que lo diferencia de las formas habituales de la polémica la carta pública, el artículo ensayístico, la declaración pública. Ello le permitía abrir el texto  a  múltiples lecturas  y de algún modo lo instalaba en una postura que evitaba tanto identificarse con cualquiera de los bandos en punga como desplegar la escritura literaria como el recurso para exponer su pensamiento.
Con esa argumentación sinuosa, Cortázar declaraba su disenso con aquellos intelectuales con los que había compartido hasta entonces su posición con respecto a Cuba —que le iba a significar  la pérdida de valiosas amistades— y trataba de ratificar su adhesión al gobierno cubano. Por lo tanto, “Policrítica” era un reconocimiento de la autoridad de Castro; aunque junto con ello desplegaba un cuestionamiento a sus políticas; asimismo, se apartaba de los intelectuales que criticaban al régimen cubano pero reivindicaba su postural intelectual. El punto en el que Cortázar aparecen contrapunto consigo mismo es el que se desprende de la adhesión al gobierno cubano, mientras reivindica una  concepción de intelectual que ese gobierno estigmatiza. Sólo en una forma discursiva como la elegida puede intentar exponer esa posición, al abandonar las formas colectivas de comunicación para apelar a procedimientos como la ambigüedad, la estilización literaria, la paradoja, que las autoridades cubanas habían rechazado por impropias para viabilizar los contenidos revolucionarios.
Más allá de la entidad estética del poema-ensayo, su valoración no radica en el acierto o en el fracaso sino en el hecho de que Cortázar recurriera a la escritura literaria para figurar las tensiones puestas de manifiesto, no se puede negar el acierto de la elección de una discursividad apropiada para dar cuenta de que en esas contradicciones subsiste su apego a ciertas modalidades  vinculadas a la autonomía de la obra literaria.
Las polémicas con Arguedas, Viñas y Heker estaban centradas en torno de la disputa del lugar de localización del escritor como componente decisivo de la autenticidad del escritor latinoamericano; las que mantiene con Collazos y  “Policrítica” debaten acerca de papel de la obra literaria y la función en la sociedad del intelectual latinoamericano. En unas y otras, hay una línea que atraviesa como dominante las posiciones que asume como propias Julio Cortázar, que es su defensa de la autonomía del escritor por encima de cualquier imposición.
En el principio de mi exposición me refería a las relaciones entre vida y obra en Cortázar como una cuestión relevante, si retomamos la concepción que expone en Teoría del túnel, escrito alrededor de 1947 y publicado póstumamente, la autonomía de la escritura literaria  aparece como una condición insoslayable de la tarea del escritor. Creo que esa es una línea de continuidad a lo largo de su vida, lo que permite en primer lugar establecer un pasaje privilegiado entre vida y obra y, luego, cuestionar ciertos modos esquemáticos y dicotómicos de periodización de su vida en etapas.

 

Julio Cortázar. “Policrítica en la hora de los chacales”, Cuadernos de Marcha, N° 49, Montevideo, mayo de 1971.

Julio Cortázar. “Acerca de colaboraciones especiales”, Papeles inesperados, Buenos Aires, Alfaguara, 2009.