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NOTAS

LA LITERATURA INFANTIL COMO MACROGENERO
LA LITERATURA INFANTIL COMO MACROGENERO
LA LITERATURA INFANTIL COMO MACROGENERO por Roberto Ferro La literatura, pensada como objeto de conocimiento, aparece como un conjunto heterogéneo, heredado y de límites inestables. Un conjunto que se constituye más allá de la diversidad de los objetos, acciones, valores, procesos, instituciones y sujetos que lo componen. Pero ese conjunto sobre el que ejercemos la crítica y sobre el que configuramos asedios teóricos no es una totalidad, es decir, no es toda la literatura. Siempre nos estamos refiriendo a subconjuntos de textos literarios, escritores y/o esquematizaciones articuladas a partir de los más variados paradigmas. Ese campo parcial constituye el canon literario, constructo metonímico que, en general, asumimos como totalidad. Decíamos que los límites del espacio literario son inestables, acaso se pueda agregar que la literatura es un territorio en constante mutación, y que esa mutación sólo se percibe con más precisión en sus arrabales. El canon literario, entonces, varía y el modo más sencillo de advertirlo es confrontando diversas épocas. De todos modos, y a pesar de las mudanzas, es posible afirmar que el canon oficial, es decir el modelo hegemónico de selección, es bastante estable y, asimismo también que presenta una estructuración en sus relaciones que le otorga coherencia. Así, la idea de canon, que implica una colección de textos, aparece como algo más que una simple compilación referencial de gustos institucionalizados. El canon que reconocemos como vigente establece las condiciones de posibilidad para nuestra comprensión de la literatura. Pero el canon vigente no es en sí mismo uniforme, sino que, a su vez, se constituye de modo parcial a partir de diversas perspectivas. La oficialización de un canon se construye institucionalmente mediante la educación, las instancias críticas de validación y las disponibilidades de circulación. Cada uno de los que participamos en el espacio literario vamos constituyendo un canon personal, textos con los que hemos estado en contacto y que valoramos de diversos modos. Estos dos subconjuntos no mantienen simplemente una relación de pertenencia inclusiva uno en el otro, es frecuente que entren en conflicto y debate. El canon literario comprende, al parecer en su más amplio sentido, el conjunto de textos que representan a la literatura. Si nos preguntamos por el lugar que ocupa la literatura infantil en ese conjunto, acaso sea posible una primera respuesta en orden a las argumentaciones que venimos exponiendo. El canon literario es un horizonte que se abre y una de cuyas perspectivas es la accesibilidad que determina la configuración del canon personal. Dejando de lado, y esto sólo a los efectos de nuestra actual reflexión, los múltiples componentes que inciden en ese proceso, lo que caracteriza a la literatura infantil es la activa participación de mediadores entre los receptores potenciales y 1os textos literarios. Son esos mediadores los que conforman la pertenencia al subconjunto estableciendo un canon accesible. Estos mediadores se distinguen de todos los otros que componen el espacio literario por su incidencia determinante sobre ese canon accesible, son ellos quienes ejercen sus preferencias sistemáticas, que por supuesto no son uniformes, lo que permite distinguir dentro del subconjunto literatura infantil, la convergencia de diversos cánones selectivos. Estos cánones se imponen sobre los receptores con mayor fuerza institucional que cualquier otro dentro de la literatura, conforman elencos en cuya construcción los lectores infantiles tienen una menor participación si los comparamos con todos los otros tipos de lectores que constituyen el espacio literario. Es esta característica distintiva, la que vamos a tomar como punto de partida para reflexionar sobre la literatura infantil en términos de macrogénero. Los discursos teóricos que pretenden dar cuenta de la razonabilidad de la segmentación en géneros de los corpus literarios, son teorías literarias en las que el componente gnoseológico ocupa un lugar preponderante. Las teorías de los géneros literarios articulan su diferencia en las diversas perspectivas con que se proponen resolver un interrogante común a todas: ¿Qué es un género?, que ha recibido las más diversas respuestas: ya sea una suma de normas, ya sea la manifestación múltiple de una esencia ideal, ya sea un modelo de competencia compartida, pero más allá de las múltiples variaciones que desencadena ese interrogante, lo que es común a cada una de las diversas perspectivas teóricas es la necesidad de articular la relación que vincula a los textos con los géneros a los que se los hace pertenecer. Tomando como objeto de reflexión privilegiando a los textos narrativos, por ser los más frecuentes del corpus de la literatura infantil, es posible señalar sus componentes distintivos: —en todas las narraciones se cuenta una historia, —la totalidad de esas historias están marcadas por la presencia de índices interpretativos que remiten a un narrador extradiegético; —esos índices están siempre orientados al narratario extradiegético, es decir el lector modelo, y constituyen rasgos emblemáticos de una verdad general, que éste debe aplicar en su vida. Es decir, los textos exhiben un triple movimiento, 1) se trata de persuadir al lector de una verdad esencial, 2) de instarlo a constituir o modificar su comportamiento, 3) contándole una historia. De acuerdo con estos componentes el cuento infantil implica la presencia de un destinador, que ocupa el rol virtual de narrador extradiegético, y de un destinatario, oyente y/o lector, que a su vez, coincide con la función del narratario extradiegético. El destinador, habitualmente un relator, es el agente responsable de la historia, de su interpretación, de la exhortación inherente que se deriva; el destinador recibe el texto y aquello de lo que el texto trata. Por lo tanto, es posible pensar que las condiciones de posibilidad de la producción de sentido en la literatura infantil articulan tres niveles ligados: el narrativo, el interpretativo y el pragmático. Cada uno de estos niveles se despliega a través de un discurso específico: el nivel narrativo se configura en un discurso que presenta una historia; el nivel interpretativo dispone un discurso que apunta a comentar la historia con el objeto de despejar el sentido dominante; y, además, lo que es distintivo del nivel interpretativo es la apelación a un discurso que haga derivar del sentido ya constituido una regla de acción, que toma la forma de un mensaje persuasivo que enmascara un imperativo destinado al lector, aspecto éste correspondiente al componente pragmático. Un texto narrativo que reconocemos como perteneciente a la literatura infantil trama tres tipos de enunciados que tienen un orden invariable: los enunciados interpretativos que siguen a los enunciados narrativos anteceden a los enunciados pragmáticos. Esta trama permite conjeturar las acciones distintivas del destinador del texto, en tanto que programa demostración persuasiva del mundo. Este lugar del destinador es sumamente activo en la literatura infantil, acaso uno de los más dinámicos, porque es ocupado alternativamente por los escritores, y todos los que tienen un rol decisivo en la configuración del canon selectivo, es decir aquellos que organizan la accesibilidad al canon literario infantil. Más allá del reduccionismo que supone la uniformidad que estamos imponiendo a los textos haciéndolos pertenecer a un mismo modelo, es posible establecer dos vertientes. La primera que despliega el modelo en su totalidad, la historia narrada debe dar lugar no sólo a un sentido, es decir la enseñanza, sino también la regla de acción: se trata, dicho en otros términos, no sólo de una gestualidad didáctica, sino, asimismo, de influir en sus acciones presentes o futuras de manera precisa, en particular apuntando a construir tramas de valores. Por otra parte, el programa del destinador, ya sea el escritor o los mediadores, relatores o no, consiste en interpretar correctamente la historia narrada. La segunda vertiente comparte los niveles narrativo e interpretativo, pero atenúa y en muchos casos omite el componente pragmático, de modo que no expone reglas de acción, por lo tanto no comunica explícitamente valores que puedan servir para construir una ética, sino mostrar el mundo tal como es de acuerdo a una perspectiva. La exposición que sigue exige la explicitación de tres presupuestos: —la noción de género, de la que derivaremos la de macrogénero, se aplica exclusivamente a textos, es decir entidades finitas y estructuradas compuestas de signos lingüísticos cuando participan otras series semióticas tienen por función reforzar el componente lingüístico; —todo texto que se incluye en un acto logrado de comunicación pertenece a un género, por lo tanto, un género literario es comparable a un acto de habla ilocutorio, —las categorías genéricas son culturalmente dependientes, cada formación cultural concreta hace su propia tipología de textos y decide qué combinaciones de rasgos serán apartadas del resto, reconocidas como diferentes y portadoras de un nombre. Para distinguir los diversos tipos de textos y hacerlos participar en situaciones comunicativas, los miembros de una comunidad lingüística y cultural deben poseer una competencia que les asegure la puesta en acto de los requisitos genéricos. Un género no es una convergencia de componentes temáticos comunes, ni tampoco un conjunto de rasgos formales, sino una combinación de requisitos referentes a ámbitos diversos. Las reglas que articulan la competencia genérica del lector o escritor, no todas tienen la misma rigidez, hay principios obligatorios y opcionales. Las construcciones genéricas no sólo se distinguen entre sí por los requisitos que establecen, sino por las opciones que presentan. De este modo es posible exponer las características específicas del modelo genérico que estamos proponiendo: a) La situación comunicativa entre emisor y receptor aparece configurada a partir de una asimetría de conocimiento del mundo, lo que supone la diseminación de marcas que refuercen la actitud de mostrar enseñando. La función emisor es ocupada frecuentemente por mediadores, habitualmente los relatores, que a su vez tienen una participación determinante en la configuración del acceso al canon disponible. De esa asimetría constitutiva de la situación comunicativa se deriva la posición de los receptores, tanto oyentes como lectores, en tanto partícipes de un juego que está reglado, en gran medida sin su participación. b) La estructura de ordenación del texto trama los componentes narrativo, interpretativo y, eventualmente, el pragmático, teniendo como presupuesto la asimetría de competencias de saber expuestas en a). c) Las relaciones entre texto y mundo están configuradas a partir de estrategias que permiten al receptor participar en la elaboración de sentido del texto, pero esta actividad, que depende de su competencia para ser realizada, es restringida, ya que su rol consiste en llenar los espacios dejados en blanco en el texto, pero estrictamente programados por el entorno. d) Los modos de desplegar la historia, ya sea vinculada a la lógica de lo maravilloso, lo fantástico o lo realista implican la exigencia de reforzar los índices de interpretación de manera que junto con la historia se dan a leer los procedimientos de decodificación. e) El lugar de los receptores en la literatura infantil es heterogéneo, ya que está constituido por una diversidad de competencias que está directamente articulada con las etapas de crecimiento de los lectores (no considero aquí otro tipo de diferencias vinculadas a registros específicamente sociales), lo que supone una competencia que se configura inicialmente como oyente y culmina como lector. De todos modos la instancia persuasiva y de mostración ordenada de una pluralidad jerárquica de sentidos del mundo, es una dimensión compartida por todo el campo de legibilidad de la literatura infantil. A partir de las siguientes aseveraciones, que surgen de lo expuesto: —un texto que se hace pertenecer a un género repite en gran medida las condiciones de posibilidad modélica que éste le impone; —cada género se define como una constelación más o menos cristalizada de rasgos que participan en estructuraciones reconocibles; es posible plantear que el modelo de género que hemos extrapolado de los textos narrativos pertenecientes a la literatura infantil, exhibe especificidades que son comunes a todo el canon, por lo que, más allá de las diversas configuraciones formales (poéticas, dramáticas), todo el conjunto aparece como un macrogénero que se distingue por: —la situación comunicativa que implica su puesta en lectura; —la competencia asimétrica de los participantes; —la importancia del rol de mediadores de los que constituyen las instancias de accesibilidad al canon; —el componente persuasivo que se da indisolublemente ligado al sentido de los textos. Con este trabajo, más allá del conjunto de certezas que lo configuran, pretendo abrir una instancia de discusión y de diálogo en la que la problematización de los planteos apoye el avance de la investigación. Buenos Aires, Coghlan, junio de 1995.
 
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